9 ene 2026

ESA TRISTEZA NO ERA MÍA

Contaba una vez Eduardo Galeano que él era feliz, como lo es la gente normal, aunque él nunca fue del todo normal. Pero tenía su rutina, su vida, su trabajo y avanzaba como cualquiera, con sus idas y venidas, sus subidas y bajadas dentro de una existencia agradable.

Hasta que un día le sucedió algo inesperado para lo que tuvo que buscar una explicación.

Aquel sábado se había ido a dormir tranquilo, en paz, siendo un día más, pero se levantó con una pequeña y a la vez profunda tristeza, una melancolía espesa que enturbiaba el día, sin que hubiera un motivo aparente. Salió a pasear y no conseguía soltar esa pesadez que parecía arrastrar sus pies.

Siguiendo con su paseo, compró el periódico y se sentó a hojearlo. Allí encontró la explicación: la tristeza no era suya, sino consecuencia de la derrota de Peñarol la noche anterior. Así descubrió que él era hincha de Peñarol pese a que no lo sabía. Desde entonces todo cambió, y sus alegrías y penas ya quedaron inevitablemente ligadas al destino del equipo carbonero de Uruguay.

Puede parecer que Galeano exagera, que en la vida primero nos implicamos en algo, nos interesa y solo después sufrimos por ello, que hay una lógica en todo, pero las emociones en ocasiones se construyen de manera anárquica, y no queda otra más que aceptarlas y vivir con ellas.

Quizá no sea una norma universal, pero a mí me pasa.


Yo también he llevado una vida como he sabido, con mis aciertos y mis errores de los que, como el barro y el lodo, han sido los cimientos con los que he sembrado la vida que tengo.

Cuando acabas una maratón, ocurre que te duelen partes del cuerpo que no sabías que existían. Últimamente vivo con esa sensación. Estoy conociendo partes de mí que no sabía que eran así. Ya estoy en el cuarto piso. A estas alturas de la vida, se podría pensar que los cimientos ya deberían ser sólidos, que ya no hay margen para sorpresas. O quizá no. Quizá los cimientos se construyeron pensando en aguantarlo todo. Confiemos.

Quizá por ello me reconozco tanto en esa anécdota de Galeano. No descubrí una tristeza nueva; me crucé sin esperarlo y casi sin verla, con lo que me ha hecho mas yo que nunca. 

El camino, cuando se construye es imperfecto, pero empieza a parecer que es único y, cuando es construido por nosotros mismos, no hace falta dejar migas para recordarlo, ya te lo sabes.

Y oye, supongo que la vida era esto.

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