Hace años se hizo viral el discurso de un teniente, general o lo que sea del ejército de los Estados Unidos. En una ceremonia de graduación les explicaba a la futura élite del país que todas las mañanas se hagan la cama. Un hábito sencillo para empezar el día con inercia positiva: ya tienes algo bien hecho.
Yo, que me hago la cama cada mañana, pero no soy americano, utilizo este hábito para empatar. Me suele costar 10 minutos desde que me suena el despertador hasta que consigo levantarme, así que hacer la cama es mi manera de equilibrar el primer autoengaño del día.
Con los siguientes autoengaños ya me voy apañando.
Luego hay mañanas en que se me escurre un rato entre redes sociales y memes entretenidísimos con los que me distraigo, así que, supongo que algunas mañanas cuando salgo de casa el efecto de hacerse la cama se ha difuminado y voy ya perdiendo 2-1.
Quizá si hubiera nacido en Wisconsin o Texas me levantaría de un salto.
Supongo que esta obsesión por ganar cada mañana es algo que no va conmigo. A estas alturas de mi vida ya sé que no formaré parte del grupo de personas que parecen destinadas a dominar el mundo; aquellas que circulan en trenes que solo se detienen en estaciones que son mejoras, éxitos y checks.
Sé de sobra que nunca es buen momento para encajar un gol o perder un partido, cada derrota duele como el aire frío en los pulmones, pero a veces, el día que menos lo esperabas, consigues un empate que sabe mejor que algunas victorias pírricas.
Suman menos. Pero a veces duran más.
Los fracasos tienen un poder oculto: enseñan quiénes son los que se van, aquellos que, cuando el cielo empieza a cubrirse, corren a resguardarse sin mirar atrás y quiénes se quedan a tu lado.
Y, en ocasiones, no hay sensación mas agradable que una remontada de última hora cuando todo parecía perdido.
