Mis amigos saben que salir a cenar conmigo tiene sus peculiaridades, no me gusta elegir, llevo desde niño educando mi paladar para que me guste casi todo y así, no tener que elegir, lo que sea está bien. Me cuesta entender las grandes preocupaciones de mucha gente cuando se trata de elegir el lugar en el que comer por ahí: a mi me importa más la compañía que la comida.
También me ocurre que me entran las dudas, que pienso que voy a elegir mal y, si compartimos, acabaré haciendo que la gente coma peor. Así que, si puedo, paso: elegir vosotros que a mi me da la risa floja. Hace un tiempo leí un estudio que explica que hay personas que se bloquean por la noche porque ya han gastado todas las decisiones acertadas en un día, que se ve que las tenemos limitadas. Ese artículo todavía me sirve como escudo para justificar mi actitud y también, para tener un tema de conversación y parecer un tipo leído (?).
Aunque en el fondo escondo que mi cupo suele agotarse alrededor de las nueve de la mañana.
Envidio a quienes leen la carta y tienen opinión sobre todos y cada uno de los platos que se ofrecen, hay quien conoce hasta su valor nutricional, yo casi ni los retengo, pero eso sí, como haya un plato con un nombre “molón” ya no leo más, quiero eso aunque me lo calle.
Y es que ese soy yo. Y hay veces que tienes que ser tú en la vida, pero otras no, otras tienes que dejar a tu yo en casa y ser un poco sociable y adaptarte al contexto. Porque ser uno mismo no siempre es lo mejor. Ser uno mismo a veces es contraproducente y tienes que cambiar. A veces uno mismo es vago, egoísta o simplemente está equivocado, por lo que conviene dejarlo un rato a un lado, sobre todo cuando ese uno mismo anda jodiendo por ahí al personal.
Imagina tener que compartir una hamburguesa solo porque a alguien le haga gracia que le hayan puesto de nombre “Andrea Pirlo”.
Nos han repetido tantas veces que hay que ser uno mismo que hemos acabado por asumir la idea como un dogma incuestionable, pero yo no estoy tan seguro.
Quizá por eso he aprendido a no tener opiniones demasiado contundentes, en ocasiones no tengo ni opinión porque prefiero las conversaciones que me acercan al otro que las discusiones que me separan, porque me interesa más entender y aprender que convencer.
Yo, desde luego, a veces tengo que ser “un poco menos yo” y no dar rienda suelta a mis instintos porque vivir en sociedad es lo que tiene, que nos tenemos que relacionar y renunciar a algunas cosas y adaptarse.
La vida, entiendo, se mueve en ese equilibrio imposible que consiste en adaptarse, ser uno mismo y traicionarte lo mínimo cuando aparece un dilema irresoluble para poder descansar cuando pones la cabeza en la almohada.
O quizá, no hay nada mas yo mismo que un poco menos yo y un poco mas contigo.