10 jun 2026

UN POCO MENOS YO

Mis amigos saben que salir a cenar conmigo tiene sus peculiaridades, no me gusta elegir, llevo desde niño educando mi paladar para que me guste casi todo y así, no tener que elegir, lo que sea está bien. Me cuesta entender las grandes preocupaciones de mucha gente cuando se trata de elegir el lugar en el que comer por ahí: a mi me importa más la compañía que la comida.

También me ocurre que me entran las dudas, que pienso que voy a elegir mal y, si compartimos, acabaré haciendo que la gente coma peor. Así que, si puedo, paso: elegir vosotros que a mi me da la risa floja. Hace un tiempo leí un estudio que explica que hay personas que se bloquean por la noche porque ya han gastado todas las decisiones acertadas en un día, que se ve que las tenemos limitadas. Ese artículo todavía me sirve como escudo para justificar mi actitud y también, para tener un tema de conversación y parecer un tipo leído (?). 

Aunque en el fondo escondo que mi cupo suele agotarse alrededor de las nueve de la mañana.

Envidio a quienes leen la carta y tienen opinión sobre todos y cada uno de los platos que se ofrecen, hay quien conoce hasta su valor nutricional, yo casi ni los retengo, pero eso sí, como haya un plato con un nombre “molón” ya no leo más, quiero eso aunque me lo calle.


Y es que ese soy yo. Y hay veces que tienes que ser tú en la vida, pero otras no, otras tienes que dejar a tu yo en casa y ser un poco sociable y adaptarte al contexto. Porque ser uno mismo no siempre es lo mejor. Ser uno mismo a veces es contraproducente y tienes que cambiar. A veces uno mismo es vago, egoísta o simplemente está equivocado, por lo que conviene dejarlo un rato a un lado, sobre todo cuando ese uno mismo anda jodiendo por ahí al personal. 

Imagina tener que compartir una hamburguesa solo porque a alguien le haga gracia que le hayan puesto de nombre “Andrea Pirlo”.

Nos han repetido tantas veces que hay que ser uno mismo que hemos acabado por asumir la idea como un dogma incuestionable, pero yo no estoy tan seguro.

Quizá por eso he aprendido a no tener opiniones demasiado contundentes, en ocasiones no tengo ni opinión porque prefiero las conversaciones que me acercan al otro que las discusiones que me separan, porque me interesa más entender y aprender que convencer.

Yo, desde luego, a veces tengo que ser “un poco menos yo” y no dar rienda suelta a mis instintos porque vivir en sociedad es lo que tiene, que nos tenemos que relacionar y renunciar a algunas cosas y adaptarse.

La vida, entiendo, se mueve en ese equilibrio imposible que consiste en adaptarse, ser uno mismo y traicionarte lo mínimo cuando aparece un dilema irresoluble para poder descansar cuando pones la cabeza en la almohada.

O quizá, no hay nada mas yo mismo que un poco menos yo y un poco mas contigo.

5 jun 2026

JUGADA PROMETEDORA

Cuando vivía en Escocia en una clase de inglés nos preguntaron cuál era nuestro sitio favorito del lugar del que veníamos. Tras pensarlo un poco, porque lo de pensar no se me da bien, y lo de traducir aun menos, lo tuve claro: El Ciutat. Quizá no sea el lugar más bonito del mundo, pero es MI sitio, NUESTRO sitio.

No puedo decir que sintiera comprensión del resto de la clase, más bien al contrario: desconcierto y un punto de desprecio.

Pero desde mi magnanimidad pensé: “Padre, perdónales porque no saben lo que se pierden”. El Ciutat y lo que vivimos ahí es un regalo reservado a unos pocos privilegiados.

El caso es que hace unas semanas allí estaba, transitando todas las emociones extremas que un hombre de mediana edad con las necesidades básicas cubiertas puede experimentar cuando de repente, un centrocampista intercepta un pase, levanta la cabeza y ve al delantero desmarcado. Rápidamente le envía un pase largo al espacio. El portero corre para cortarlo pero se da cuenta que ha medido mal y no tiene más remedio que cortar  ver que ha medido mal, decide cortar la jugada con una falta. Tarjeta roja. 

Mientras la grada enloquecía, alguien explicaba que esa expulsión era por cortar una “jugada prometedora”.

En ocasiones el fútbol es una maravilla, tiene detalles que echo de menos en la vida. Ojalá alguien encargado de expulsar de tu vida a todo aquel que se atreva a cortar una jugada prometedora. 

Ojalá poder reiniciar el juego con un balón parado y una jugada organizada después de una injusticia. 

Ojalá poder hacer una falta cuando te equivocas en un movimiento y, aunque con un jugador menos, poder afrontar el resto del día, de la semana o del mes, con la defensa organizada y un plan de juego.

Pero no funciona así.

En la vida también hay faltas y jugadas prometedoras que se cortan de manera ilegal. Pero no hay ni árbitros ni VAR que vengan a repartir justicia. Simplemente tienes que seguir o quedarte lamentando el error y la injusticia.

Me gusta pensar, imaginar e incluso soñar que a veces en esa imperfección reside al éxito de muchas cosas. Los éxitos de los que más orgulloso estoy en mi vida surgen de los fracasos más duros y humillantes. Sin esas lluvias, no hubiesen surgido estos frutos.

Y aún así me paso la vida intentado evitar las tormentas.

Mi equipo está en primera, ha conseguido el objetivo que nos ha hecho felices gracias a un gol que fue un centro que salió tan mal que acabó directamente dentro de la portería con una parábola imposible. 

Llevo casi un mes dándole vueltas a esa idea.

Si ese futbolista hubiese sido mejor, con un pie más fino, ese centro hubiese salido tan perfecto que cualquier defensa alto y bien colocado lo hubiese despejado sin dificultad y nada de lo que se vivió después de aquel gol hubiese surgido.

Ni la explosión, ni los abrazos, ni la alegría del éxito que aun dura.

La vida se mueve por sendas caóticas e inesperadas. A veces las promesas se quedan en nada, y son los errores los que dan pie al éxito. 

31 may 2026

CON EL PLATO PEQUEÑO

He acabado de escribir el texto que vas a leer si tienes un rato sin nada mejor que hacer y he visto algo que me perturba: me he convertido en esa persona de mas de 40 años que no tiene suficiente con comprarse una bici, además le salen leccioncitas de mierda sobre la vida.

Esa clase de persona que conviene evitar: no tengo ni idea de cubiertas, desarrollos o bidones, pero tengo los bemoles para ponerme a ofrecer una reflexión trascendental sobre la vida y el esfuerzo. El gobierno debería multarme y acabar con esto.

Perdón por la tontería y gracias por leer.


Todas estas ideas empezaron porque iba subiendo una pequeña cuesta y, por mucho empeño que ponía, no sentía que avanzara, sin embargo, unos kilómetros después, sin esfuerzo, la bici iba lanzada y claro, pensaba en lo injusto y paradójico de la situación: cuando mas me esforzaba, mas lento iba, pero cuando no hacía nada, era cuando más rápido iba, tanto que alcanzaba velocidades que en otro terreno por mucho que lo intentara no sería capaz de alcanzar.

Mi cabeza ahí, no se puede callar y me está subrayando lo irónico de la situación.

Yo me defiendo de estos pensamientos recordándome que aunque es verdad que para poder disfrutar de un descenso así, antes hay que pasar por esas subidas de plato pequeño, dientes apretados y esa frustrante sensación de que las piernas no van justo cuando las estás exprimiendo al máximo.

No siempre se puede avanzar rápido. A veces llegas a creer que ese puerto no va a terminar nunca, que la cuesta es infinita. Pero todo acaba. Y después puedes disfrutar del descenso, sin perder la concentración para no romperte la cabeza, pero sí, el camino también regala descensos cómodos y largos. Aunque pasen rápido.

Y sí, los descensos tampoco duran para siempre. Por muy agradables y felices que parezcan, acabaríamos bajo tierra si no llegara el llano. Hay que aprovechar esos momentos para valorar, disfrutar y recuperar pulsaciones, no ceder a la tentación de pensar que está todo hecho y prepararse para la siguiente subida. Porque siempre hay una subida más.

Supongo que de eso va también esto: de aceptar que habrá momentos para apretar los dientes y aguantar, y otros de dejarse llevar, de ir cambiando de piñón cuando sea necesario adaptándose al terreno por el que ruedas. Y llegar al final cansado y satisfecho por el camino recorrido, sabiendo que lo importante ocurre cuando bajas de la bici.

Pero no hay nada más importante que dedicarle esfuerzo a lo que no es importante.

20 may 2026

TEORÍA DEL AUTOENGAÑO

Hace años se hizo viral el discurso de un teniente, general o lo que sea del ejército de los Estados Unidos. En una ceremonia de graduación les explicaba a la futura élite del país que todas las mañanas se hagan la cama. Un hábito sencillo para empezar el día con inercia positiva: ya tienes algo bien hecho.

Yo, que me hago la cama cada mañana, pero no soy americano, utilizo este hábito para empatar. Me suele costar 10 minutos desde que me suena el despertador hasta que consigo levantarme, así que hacer la cama es mi manera de equilibrar el primer autoengaño del día.

Con los siguientes autoengaños ya me voy apañando.

Luego hay mañanas en que se me escurre un rato entre redes sociales y memes entretenidísimos con los que me distraigo, así que, supongo que algunas mañanas cuando salgo de casa el efecto de hacerse la cama se ha difuminado y voy ya perdiendo 2-1. 

Quizá si hubiera nacido en Wisconsin o Texas me levantaría de un salto.

Supongo que esta obsesión por ganar cada mañana es algo que no va conmigo. A estas alturas de mi vida ya sé que no formaré parte del grupo de personas que parecen destinadas a dominar el mundo; aquellas que circulan en trenes que solo se detienen en estaciones que son mejoras, éxitos y checks


Sé de sobra que nunca es buen momento para encajar un gol o perder un partido, cada derrota duele como el aire frío en los pulmones, pero a veces, el día que menos lo esperabas, consigues un empate que sabe mejor que algunas victorias pírricas.

Suman menos. Pero a veces duran más.

Los fracasos tienen un poder oculto: enseñan quiénes son los que se van, aquellos que, cuando el cielo empieza a cubrirse, corren a resguardarse sin mirar atrás y quiénes se quedan a tu lado.

Y, en ocasiones, no hay sensación mas agradable que una remontada de última hora cuando todo parecía perdido.

6 may 2026

MIS DUDAS SIGUEN DE PIE

Lo importante en la vida es vender tu película, aunque nadie te la quiera comprar. Pero la sensación de volver a casa pensando que todo lo que creías cuando saliste era verdad, es tremenda. Sentirse listo. Aunque todos hayan vuelto reafirmados en sus ideas después de haber participado en un intercambio de monólogos.

Veía hace unos días un reportaje de Simeone, hinchado de orgullo, contando que había escuchado a Guardiola explicar que movió a Messi de la banda al centro porque eso ayudaba al equipo a organizarse mejor en defensa. El cambio que convirtió a aquel Barça en una máquina de ganar y hacer goles había surgido de una necesidad defensiva. 

Eso, según él, le daba la razón: por mucho que se le critique por ser un entrenador defensivo, hasta uno de los considerados mejores entrenadores ofensivos del mundo, priorizaba la organización en defensa.

Cuéntame otra, Cholo ¿tú sabes algo sobre qué va esto? ¿Te crees tus mentiras o pretendes que nos las creamos los demás? ¿O es que solo te importa tener razón?
Solo te la compro si me cuentas una decisión defensiva que te haya ayudado en ataque. Pero como no seguí viéndolo ya no me enteré si esa la tienes.


Ya no vi más, porque esta anécdota me recordó a algo que me ocurre a menudo. Y es que, por lo visto, doy imagen de ser una persona activa y trabajadora. Entre mi trabajo, el blog, el libro (que sigue disponible aquí), las carreras, entrenamientos y demás, da la sensación que me gusta estar siempre activo. No es exactamente así. 
Si me preguntas, no hay comparable al de perder el tiempo con la conciencia tranquila. Llenar el tiempo con la nada es un placer que no se puede comparar a ningún otro.

El problema es que mi educación cristiana, sumada al sistema capitalista en el que me ha tocado vivir me han generado una conciencia y una culpa que no se callan fácilmente.
Así que si intento dejar pasar el tiempo con algún asunto pendiente, la cosa se complica y aparece un nudo en la boca del estómago capaz de anular ese enorme placer.

Así que no me queda más remedio que llenar el tiempo de obligaciones, hacer todo lo posible por cumplirlas y, tener la suerte de que aparezca ese pequeño hueco para llenarlo de vacío absoluto y poder convertirme en un ser inútil e improductivo.

Sí, Cholo: yo también ataco para no tener que defender.

30 abr 2026

LO MALO DE LO BUENO

Una vez leí que cuando cayó el Muro de Berlín, los periodistas que cruzaban a la zona oriental preguntaban a la gente sobre cómo era su vida, sobre los cambios que habían vivido en el nuevo sistema. Allí la gente contestaba que el problema no era que lo que les habían contado del comunismo era mentira, eso ya lo sabían; el verdadero problema era que lo que les habían contado del capitalismo era verdad.

A veces son peores las verdades que las mentiras, a veces duele más lo que prefieres no saber a lo que no sabes.

Puedo entender muy bien la sensación de la que hablan. Debe ser parecida a la que sientes el lunes cuando te levantas para ir a trabajar: es terrible tener la obligación y renunciarías en ese momento a tu herencia por poder quedarte una hora más metido en la cama. Pero si lo piensas bien, si no tuvieras esa obligación, estarías mucho peor.

Sí, no es el momento más optimista de la semana.


Así que pasemos a ver el lado positivo, hablemos de lo malo de lo bueno.

Leí varias veces al poeta decir que “el buen recuerdo puede doler”, pero nunca tuvo el valor de contarme que “el mal recuerdo puede construir”, tuve que aprender que el tiempo pinta y da luz a la oscuridad. E incluso, cuando tienes paciencia llega hasta a tener sentido lo incomprensible.

He visto dolores profundos, lágrimas amargas que, con el tiempo se han convertido en los cimientos sobre los que ha crecido la dignidad, vidas honestas y felices. Sea lo que sea la felicidad.

Leía mientras escribía esto que alguien que es filósofo, CEO y algunas cosas más que el éxito en la vida depende en un 50% de la suerte y dentro de ese 50% la mayoría es “timming”. Estoy de acuerdo en que no depende de ti, que el componente aleatorio va a marcar mucho. PERO permanecer, no rendirse y no dejar de buscarlo, te acerca a ese 50%. Pero claro, el manual de cuándo permanecer y cuándo largarse a tiempo, permanece oculto para muchos de nosotros.

Por eso, cuando hace unos días me saltaron las lágrimas de dolor porque todavía me muerdo la lengua mientras como, hasta hacerme heridas absurdas, me vino bien para recordarme que no soy tan listo como me creo. Y que incluso con el VAR siguen existiendo las injusticias, y lo que es peor, hasta se justifican.

21 abr 2026

NOSTALGIA DESDE EL SIGLO XV

Todos arrastramos un pasado. Yo fui (y creo que siempre seré) scout. Recuerdo siendo monitor en una ruta cómo un chaval agotado y desesperado me decía que “necesitaba respirar aire contaminado y pudrir su cerebro jugando a la play”. Yo, mientras intentaba ayudarle y motivarlo, imaginaba a sus padres orgullosos por la educación que daban a su hijo creyendo que le estaban inculcando el amor por la montaña.

Les aplaudo el intento.

Imagino a este chico hablando con sus amigos 20 años después contando sus campamentos de niño, qué bien lo pasaba y reflexionando sobre que ahora las cosas ya no son como antes, se ha perdido la esencia.

La vida es compleja.

A todos se nos cuela la nostalgia a la mínima que nos relajamos, es una de esas trampas que me molestan especialmente cuando la detecto en discursos ajenos pero en la que, si caigo yo, está justificado. Porque en mi caso no es nostalgia, son recuerdos. Y argumentos válidos.

Por suerte aprendí que en realidad la gente no echa de menos el pasado, sino que se echa de menos a sí misma en ese pasado. Por eso es tan triste escuchar a alguien que no hace más que añorar aquello, solo les queda la caída.

Yo tengo recuerdos contradictorios de mi pasado. Cuando estaba en 3o de primaria, nos pasamos el año con un cartel en clase que celebraba el 500 aniversario del descubrimiento de América. Nostalgia del siglo XV. 

Aquel año, no recuerdo por qué, un profesor nos preguntó a toda la clase si había algo que no nos gustaba. Yo dije algo que al hombre le pareció un sacrilegio: “no me gustan las naranjas”. Todo se paralizó y me hizo subir de pie a la mesa para mantener esa afirmación ya que, no era posible que a un valenciano no le gustaran las naranjas. Yo, sin entender nada me subí y dije que no, que no me gustaban.

No me alteré. Allí estaba de pie en aquella mesa sin saber si era peor lo de ser valenciano, lo de las naranjas o lo de la sinceridad.

Ese día aprendí 2 lecciones: que es mejor callar, y que cuando no has callado a tiempo, lo mejor es dar la razón al otro y pedir disculpas por el malentendido. Eso, o aprender a que te guste todo.

Pensándolo bien, no se puede decir que aquello no fuese un buen método de enseñanza. Aunque no estoy seguro que aprendiese lo que aquel hombre enseñaba, lo que aprendí todavía lo recuerdo hoy.

Todo no se puede tener.

Resulta que han pasado los años y ahora disfruto de las naranjas; como casi a diario. Pero no sé hacer una buena paella.

Porque quizá el problema no fuesen las naranjas, sino las expectativas.

Prometo que voy a mejorar.