Leía el otro día una entrevista en la prensa en la que la entrevistada contaba que “el 88% de nuestros pensamientos son absurdos”. Afortunada tú, que puedes salvar un 12%, pensé. Siguiendo sus palabras llegaba a cuantificarlos: unos 60.000 al día. Por ahí igual sí me ganas. Yo, sin embargo, estoy más preocupado por el pequeño porcentaje que no lo es. Ahí es donde no sé cómo ganar esa batalla.
Estaba pensando en ello (no sé si es la parte absurda o no; qué lío) cuando hace un rato me he encontrado de pie, con la nevera abierta, sin poder recordar qué me había llevado hasta allí, pero sin poder olvidar que cuando tenía 8 años salí de la consulta del oftalmólogo decepcionado porque tenía una vista perfecta y mi máxima ilusión era que me pusieran gafas.
Quizá tenga más sentido del que me gusta reconocer: llevo varios meses luchando por aceptar que el tiempo pasa y cada vez que me pongo a leer o quiero mirar el reloj, aparece mi nueva compañera “vista cansada” y con ella el recuerdo lo estúpido que fui y, si me lo propongo, lo que puedo llegar a ser.
Yo siempre valoré mi vista. De forma inconsciente, se había convertido incluso en parte de mi identidad, por eso, eso tan manido de que “las cosas se valoran cuando no las tienes” no me parece siempre verdad. Como mucho, podría decir que ahora la valoro de otra manera.
Aunque me estoy dando cuenta que quizá la vista no sea el problema y sí el síntoma. Quizá sea verdad que el cuerpo habla y que mis ojos solo sea ponen al nivel que mi cerebro pide. Necesito alejar las cosas para verlas bien, demasiado cerca todo se ve borroso. Me pasa también con mucha gente, necesito tenerla un poco más lejos que antes para tener una buena relación. Quizá no necesito saber lo que piensan de cada tema que se pone de moda y, cada vez más, se me emborronan las palabras antes de salir por mi boca y prefiero callar lo que pienso de casi todo.
Desinstalar las redes sociales de mi teléfono es la decisión más aparentemente insignificante y una de las más importantes de los últimos meses. Ya no sé lo que pasa y no sé de qué opináis. Así, mi cerebro cansado os ve mejor.
Me sorprende que me sorprenda esto siendo corredor de fondo. Si algo me enseñó mi deporte es que con los años, un deportista se va haciendo cada vez más lento en las distancias cortas mientras aprende a desenvolverse mejor en las largas distancias. Como si ya no pudiera darle un matiz a cada pincelada, pero sí disfrutar de cada detalle de los que aparecen en un gran lienzo.
Ahí había un mensaje que no supe leer hasta que me puse las gafas.
Los recuerdos, las personas, las carreras y los objetos cada vez necesito más distancia para verlo todo mejor. Será cuestión de perspectiva, pero igual que se han inventado las gafas para ver de cerca, seguro que existen filtros para lidiar con todo lo demás.
Aunque hay cosas que prefiero ver de cerca, aunque se vean peor. Al menos las veo a mi manera.

