Cuentan que los Reyes Magos no eran tres, sino cuatro.
Existe una leyenda que habla de un cuarto rey, llamado Artabán, que de camino a Belén se encontró con una persona a la que habían asaltado y robado todo lo que tenía, Artabán se detuvo a ayudarla. Esa atención fue lo suficientemente larga como para perder la estela de la estrella y también para no llegar a tiempo al encuentro de los otros tres magos. Tardó más de lo que podía en encontrar el rumbo y, cuando por fin lo hizo, ya era tarde. El niño y su familia habían huido ya a Egipto. Y es que en el trayecto, Artabán se despistaba y se detenía para ayudar a algunas de las personas que se iba encontrando.
Así, casi sin darse cuenta, el camino se le estaba llenando de gente.
Artabán estaba fracasando en el objetivo de su viaje. Mientras los otros tres Reyes conocieron y adoraron al Mesías, él se lo perdió por distraído. Como diríamos hoy, se dispersaba y “perdió el foco”. Tanto atender los imprevistos y las dificultades que surgían en el camino, se perdió las cosas importantes, y con ello también perdió su lugar en la historia.
Aunque es probable que ganara otras cosas que no trascendieron tanto.
Dice la historia que Artabán nunca perdió la esperanza de conocer a Jesús. Aunque nunca llegaría a conseguirlo. O no de la manera que él esperaba. Se cuenta que, cuando Jesús murió en la cruz, algo extraño sucedió; como si le hablara el mismo Dios, Artabán descubrió que no había estado con ÉL solo una vez, sino que lo había estado tratando durante toda su vida. Porque aquello que sentía cuando estaba con la gente a la que ayudaba, esa paz, eso era Dios.
Así que algunos en la vida caminamos con la sensación de no llegar a tiempo. Quizá seas de los que siente que la vida les atropella y que, cuando aparece, siempre es tarde. Fracasas en lo fundamental y parece que solo avanza lo intangible, pero no estás seguro porque eso no se puede medir.
Y dudas. Porque quieres ir siempre con la ropa limpia y planchada, pero te manchas, te tiemblan las manos y las certezas se diluyen. Es entonces cuando quizá —y solo quizá—, intuyes que la vida está ahí, lejos de los focos, los tronos y las tarimas.
Para todos aquellos a los que nuestra torpeza nos desvió del camino, para quienes nuestro día no fue la mañana del 6 de enero, a lo mejor Artabán aparece algún día cuando ya no se le espera.
Primero teníamos que pasar por Egipto.


