25 mar 2026

UNOS POCOS PRINCIPIOS Y UN NOMBRE COMPUESTO

Hace unas semanas, mientras corría por el río en uno de esos rodajes que utilizo para despejarme, me crucé con una escena que no he logrado sacar de mi cabeza: una pareja corría: ella con la camiseta de entrenamiento del valencia cf; él, un paso por detrás, con la del Levante UD mientras lucía lo que para mí era una incomprensible sonrisa. Me alegro mucho por los dos, compartir esos momentos doy fe que no tienen comparación y, me doy cuenta de que poca gente, sabe y sabrá nunca lo que significa.

Siempre y cuando ignoremos el outfit, porque quizá esas personas me demostraron que son mejores que yo, que ni estaría (ni mucho menos sonreiría) en una situación así. En la vida hay que tener (unos pocos) principios.

Me aferro a esto de los principios porque es el único asidero al que aferrarme para no salir retratado en situaciones así.

Ojalá me leyera algún antropólogo que quisiera contarme que todo esto tiene una base evolutiva, que la capacidad para creernos los buenos es lo que nos ha permitido sobrevivir y avanzar como especie. Ya, con la ciencia de mi lado, podría con tranquilidad añadir que no es que me preocupe demasiado, que al fin y al cabo en la vida he aprendido que la mayoría de virtudes y defectos brotan del mismo lugar.

Pero mientras espero a que llegue la ciencia a salvarme de mí mismo, sigo usando mis principios como excusas o las excusas como principios. Porque quizá si se caen, descubriré que quizá la batalla de verdad sea lidiar con el hecho de que mis odios mas irracionales e injustificables salgan del mismo lugar del que sale el esfuerzo, la implicación y las fuerzas para luchar cuando no queda ya ni la esperanza del empate. 

Y es que vivir a tumba abierta tiene su lado oscuro.


En ocasiones te ves frente al espejo y descubres que no eres tan bueno como te crees, que un gesto tan sencillo como una sonrisa inocente te da una lección que una clase magistral de varias horas no alcanzaría a enseñar. Porque, por suerte, la esencia de lo importante está al alcance de la vista de aquél que quiera mirar.

Sin yo elegirlo, esa escena se quedó grabada en mi cerebro, para darme una lección, para hacerme madurar, que es el eufemismo que usamos cuando una derrota nos tumba de un golpe y nos prometemos que no vuelva a ocurrir.

Mientras llego a ese nivel, las ratas con las que me cruzo seguirán teniendo nombre compuesto.

15 mar 2026

LA ESPERANZA

Dicen que si trabajas en algo que te gusta, no trabajarás ningún día de tu vida; sin embargo, siempre me ha parecido que si trabajas en lo que te gusta, el problema es justo el contrario: no dejas de trabajar nunca. Para lo bueno y para lo malo.

Quizá esto de la vocación sea algo que se inventase alguien en algún momento con una oscura intención, porque no nos engañemos: esto de la vocación sirve para mucho y, además, sale barata. Nos sale barata a todos.

Hace no mucho tiempo, la vida me puso de testigo de una de esas pequeñas historias que atraviesan todas tus convicciones, en las que la realidad se presenta compleja e imprevisible: qué pocos impuestos pagamos.

Es algo que ocurrió en un colegio público de educación especial, cuando unas profesoras se enteran de que a la familia de uno de sus alumnos la han desahuciado una tarde cualquiera y no tienen dónde pasar la noche: están con sus cosas en una calle. La familia quizá eran ocupas, o quizá pasaba una mala racha, quizá sean un desastre incapaces de organizarse y mantener una mínima estabilidad. No se sabe, o sí. Desde luego que lo ignoro, pero tampoco se pregunta porque es una de esas ocasiones en la vida en la que las soluciones son mas importantes que las respuestas.

No había noticias, estadísticas ni cámaras de televisión. Había un problema y se buscaban soluciones.

Puede que algunas profesoras no tuviesen nada que hacer esa tarde después de trabajar, o puede que sus planes dejasen de importar. El caso es que los dejaron a un lado para buscar soluciones; tratando de contactar con servicios sociales y ONGs que dieran cobertura a una familia con una necesidad evidente. Incluso creí escuchar que había quien ofrecía que se quedasen en su casa. Igual no exagero si cuento que hubo quien se hizo cargo de una habitación de hotel para que pudieran pasar la noche mientras encontraban alguna solución mas estable.

No era su trabajo, pero parece ser que hay quien no puede mirar para otro lado.

No son grandes empresarias, no activan la economía de un país; no son grandes políticas, no cambian las leyes para mejorar la vida de nadie ni se dedicaron a dar grandes discursos llenos de palabras rimbombantes.

A veces la vocación es una trampa, te roba el tiempo, la energía y entra en lugares de tu vida que deberían estar a salvo de esas cosas.

Y sin embargo hay días que recuerdas que, sin ella, el mundo sería un poco menos amable.

6 mar 2026

TONTOS Y ÉXITOS HUMILLANTES

Quién me conoce sabe que soy competitivo hasta el absurdo, con todo lo bueno y lo malo que tiene eso. Compito conmigo y con cualquiera que se cruce en mi camino. Es algo inevitable. Puedo estar yendo a trabajar y picándome a muerte con alguien que camina a mi lado que no se puede imaginar que en ese momento tiene un enemigo visceral de tres minutos.

Encima, llevo más inteligencia en la muñeca que en el cerebro. Uno de esos relojes que lo miden todo, hasta las ganas de vivir con las que te levantas. 

Hace tiempo, hubo una noche en la que me acosté sin comprobar si había cumplido el objetivo de pasos del día, algo extraño debía estar pasando. Tampoco me dormía, así que me levanté a atracar lo (poco) que quedara en la nevera, (el concepto despensa no se maneja en mi hogar). Así que en el momento en que la abría en busca de glutamato, el reloj pitó: había logrado el objetivo del día.

Éxito humillante.


El otro día alguien me contó que Santo Tomás de Aquino en una de sus tesis había llegado a identificar veintidós tipos de tontos. La lista es una maravilla que ya tengo guardada. Pensándolo bien, desconocer la lista me hace ser parte de ella. En varias categorías.

Otra maravillosa y humillante contradicción.

Y aun así, seguimos queriendo entender lo que pasa. Escuchando el mundo, como supongo que lo hacía Santo Tomás con sus lecturas y sus escritos.

En otra conversación, alguien contaba que al llegar a un evento una persona le saludó y le explicaba con aparente complicidad que antes de que llegara había gente hablando mal de él y ella había tenido que salir a defenderle. Lo que, de forma extraña, le hizo sentirse incómodo mientras sospechaba que la incomodidad no era con quien había estado hablando mal de él, sino con quien no había tardado en abanderar su defensa y publicarlo.

No somos tan tontos como para no reconocer que hay halagos que lo único en lo que consisten es en disfrazar una humillación y así, posicionan al emisor por encima de ti.

Yo también los veo venir, como quien ve una granada llegar que ya no hay tiempo de desactivar: solo queda lanzarla lejos antes que estalle y poder salir ileso.

Eso, o salir corriendo sin mirar atrás.