Quién me conoce sabe que soy competitivo hasta el absurdo, con todo lo bueno y lo malo que tiene eso. Compito conmigo y con cualquiera que se cruce en mi camino. Es algo inevitable. Puedo estar yendo a trabajar y picándome a muerte con alguien que camina a mi lado que no se puede imaginar que en ese momento tiene un enemigo visceral de tres minutos.
Encima, llevo más inteligencia en la muñeca que en el cerebro. Uno de esos relojes que lo miden todo, hasta las ganas de vivir con las que te levantas.
Hace tiempo, hubo una noche en la que me acosté sin comprobar si había cumplido el objetivo de pasos del día, algo extraño debía estar pasando. Tampoco me dormía, así que me levanté a atracar lo (poco) que quedara en la nevera, (el concepto despensa no se maneja en mi hogar). Así que en el momento en que la abría en busca de glutamato, el reloj pitó: había logrado el objetivo del día.
Éxito humillante.
El otro día alguien me contó que Santo Tomás de Aquino en una de sus tesis había llegado a identificar veintidós tipos de tontos. La lista es una maravilla que ya tengo guardada. Pensándolo bien, desconocer la lista me hace ser parte de ella. En varias categorías.
Otra maravillosa y humillante contradicción.
Y aun así, seguimos queriendo entender lo que pasa. Escuchando el mundo, como supongo que lo hacía Santo Tomás con sus lecturas y sus escritos.
En otra conversación, alguien contaba que al llegar a un evento una persona le saludó y le explicaba con aparente complicidad que antes de que llegara había gente hablando mal de él y ella había tenido que salir a defenderle. Lo que, de forma extraña, le hizo sentirse incómodo mientras sospechaba que la incomodidad no era con quien había estado hablando mal de él, sino con quien no había tardado en abanderar su defensa y publicarlo.
No somos tan tontos como para no reconocer que hay halagos que lo único en lo que consisten es en disfrazar una humillación y así, posicionan al emisor por encima de ti.
Yo también los veo venir, como quien ve una granada llegar que ya no hay tiempo de desactivar: solo queda lanzarla lejos antes que estalle y poder salir ileso.
Eso, o salir corriendo sin mirar atrás.
2 comentarios:
Fantástico relato
un guía en Machu Picchu me contó que acompañaba a un grupo de mexicanos a visitar las ruinas y, nada más entrar, se hicieron un montón de fotos, cuando quiso continuar, le dijeron que se volvían: ya tenían las fotos para sus redes sociales, la historia del sítio les importaba nada, me dijo que se le quedó cara de tonto, por no entender eso
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