Dicen que si trabajas en algo que te gusta, no trabajarás ningún día de tu vida; sin embargo, siempre me ha parecido que si trabajas en lo que te gusta, el problema es justo el contrario: no dejas de trabajar nunca. Para lo bueno y para lo malo.
Quizá esto de la vocación sea algo que se inventase alguien en algún momento con una oscura intención, porque no nos engañemos: esto de la vocación sirve para mucho y, además, sale barata. Nos sale barata a todos.
Hace no mucho tiempo, la vida me puso de testigo de una de esas pequeñas historias que atraviesan todas tus convicciones, en las que la realidad se presenta compleja e imprevisible: qué pocos impuestos pagamos.
Es algo que ocurrió en un colegio público de educación especial, cuando unas profesoras se enteran de que a la familia de uno de sus alumnos la han desahuciado una tarde cualquiera y no tienen dónde pasar la noche: están con sus cosas en una calle. La familia quizá eran ocupas, o quizá pasaba una mala racha, quizá sean un desastre incapaces de organizarse y mantener una mínima estabilidad. No se sabe, o sí. Desde luego que lo ignoro, pero tampoco se pregunta porque es una de esas ocasiones en la vida en la que las soluciones son mas importantes que las respuestas.
No había noticias, estadísticas ni cámaras de televisión. Había un problema y se buscaban soluciones.
Puede que algunas profesoras no tuviesen nada que hacer esa tarde después de trabajar, o puede que sus planes dejasen de importar. El caso es que los dejaron a un lado para buscar soluciones; tratando de contactar con servicios sociales y ONGs que dieran cobertura a una familia con una necesidad evidente. Incluso creí escuchar que había quien ofrecía que se quedasen en su casa. Igual no exagero si cuento que hubo quien se hizo cargo de una habitación de hotel para que pudieran pasar la noche mientras encontraban alguna solución mas estable.
No era su trabajo, pero parece ser que hay quien no puede mirar para otro lado.
No son grandes empresarias, no activan la economía de un país; no son grandes políticas, no cambian las leyes para mejorar la vida de nadie ni se dedicaron a dar grandes discursos llenos de palabras rimbombantes.
A veces la vocación es una trampa, te roba el tiempo, la energía y entra en lugares de tu vida que deberían estar a salvo de esas cosas.
Y sin embargo hay días que recuerdas que, sin ella, el mundo sería un poco menos amable.

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