30 abr 2026

LO MALO DE LO BUENO

Una vez leí que cuando cayó el Muro de Berlín, los periodistas que cruzaban a la zona oriental preguntaban a la gente sobre cómo era su vida, sobre los cambios que habían vivido en el nuevo sistema. Allí la gente contestaba que el problema no era que lo que les habían contado del comunismo era mentira, eso ya lo sabían; el verdadero problema era que lo que les habían contado del capitalismo era verdad.

A veces son peores las verdades que las mentiras, a veces duele más lo que prefieres no saber a lo que no sabes.

Puedo entender muy bien la sensación de la que hablan. Debe ser parecida a la que sientes el lunes cuando te levantas para ir a trabajar: es terrible tener la obligación y renunciarías en ese momento a tu herencia por poder quedarte una hora más metido en la cama. Pero si lo piensas bien, si no tuvieras esa obligación, estarías mucho peor.

Sí, no es el momento más optimista de la semana.


Así que pasemos a ver el lado positivo, hablemos de lo malo de lo bueno.

Leí varias veces al poeta decir que “el buen recuerdo puede doler”, pero nunca tuvo el valor de contarme que “el mal recuerdo puede construir”, tuve que aprender que el tiempo pinta y da luz a la oscuridad. E incluso, cuando tienes paciencia llega hasta a tener sentido lo incomprensible.

He visto dolores profundos, lágrimas amargas que, con el tiempo se han convertido en los cimientos sobre los que ha crecido la dignidad, vidas honestas y felices. Sea lo que sea la felicidad.

Leía mientras escribía esto que alguien que es filósofo, CEO y algunas cosas más que el éxito en la vida depende en un 50% de la suerte y dentro de ese 50% la mayoría es “timming”. Estoy de acuerdo en que no depende de ti, que el componente aleatorio va a marcar mucho. PERO permanecer, no rendirse y no dejar de buscarlo, te acerca a ese 50%. Pero claro, el manual de cuándo permanecer y cuándo largarse a tiempo, permanece oculto para muchos de nosotros.

Por eso, cuando hace unos días me saltaron las lágrimas de dolor porque todavía me muerdo la lengua mientras como, hasta hacerme heridas absurdas, me vino bien para recordarme que no soy tan listo como me creo. Y que incluso con el VAR siguen existiendo las injusticias, y lo que es peor, hasta se justifican.

21 abr 2026

NOSTALGIA DESDE EL SIGLO XV

Todos arrastramos un pasado. Yo fui (y creo que siempre seré) scout. Recuerdo siendo monitor en una ruta cómo un chaval agotado y desesperado me decía que “necesitaba respirar aire contaminado y pudrir su cerebro jugando a la play”. Yo, mientras intentaba ayudarle y motivarlo, imaginaba a sus padres orgullosos por la educación que daban a su hijo creyendo que le estaban inculcando el amor por la montaña.

Les aplaudo el intento.

Imagino a este chico hablando con sus amigos 20 años después contando sus campamentos de niño, qué bien lo pasaba y reflexionando sobre que ahora las cosas ya no son como antes, se ha perdido la esencia.

La vida es compleja.

A todos se nos cuela la nostalgia a la mínima que nos relajamos, es una de esas trampas que me molestan especialmente cuando la detecto en discursos ajenos pero en la que, si caigo yo, está justificado. Porque en mi caso no es nostalgia, son recuerdos. Y argumentos válidos.

Por suerte aprendí que en realidad la gente no echa de menos el pasado, sino que se echa de menos a sí misma en ese pasado. Por eso es tan triste escuchar a alguien que no hace más que añorar aquello, solo les queda la caída.

Yo tengo recuerdos contradictorios de mi pasado. Cuando estaba en 3o de primaria, nos pasamos el año con un cartel en clase que celebraba el 500 aniversario del descubrimiento de América. Nostalgia del siglo XV. 

Aquel año, no recuerdo por qué, un profesor nos preguntó a toda la clase si había algo que no nos gustaba. Yo dije algo que al hombre le pareció un sacrilegio: “no me gustan las naranjas”. Todo se paralizó y me hizo subir de pie a la mesa para mantener esa afirmación ya que, no era posible que a un valenciano no le gustaran las naranjas. Yo, sin entender nada me subí y dije que no, que no me gustaban.

No me alteré. Allí estaba de pie en aquella mesa sin saber si era peor lo de ser valenciano, lo de las naranjas o lo de la sinceridad.

Ese día aprendí 2 lecciones: que es mejor callar, y que cuando no has callado a tiempo, lo mejor es dar la razón al otro y pedir disculpas por el malentendido. Eso, o aprender a que te guste todo.

Pensándolo bien, no se puede decir que aquello no fuese un buen método de enseñanza. Aunque no estoy seguro que aprendiese lo que aquel hombre enseñaba, lo que aprendí todavía lo recuerdo hoy.

Todo no se puede tener.

Resulta que han pasado los años y ahora disfruto de las naranjas; como casi a diario. Pero no sé hacer una buena paella.

Porque quizá el problema no fuesen las naranjas, sino las expectativas.

Prometo que voy a mejorar.