25 jun 2026

LA CONFIANZA

Solo en lo que llevamos de año, llevo casi 1300 kilómetros en las piernas. Según mi cuenta de Strava, llevo 28 semanas seguidas saliendo a correr al menos dos veces por semana, con una media cercana a las cuatro salidas por semana. Si ampliásemos el rango temporal, saldrían cifras más llamativas, pero similares en proporción. Y, sin embargo, cada miércoles, cuando me pongo las zapatillas para hacer series, los nervios en el estómago siguen presentes. Si salgo a correr con algún compañero de nivel parecido al mío, dudo si seré capaz de mantener el ritmo o si no sería mejor, esta vez, hacer un rodaje suave y volver a casa sin daños físicos ni mentales nuevos. 

Ignoro mis dudas y, normalmente, los entrenamientos salen. Unas veces mejor, otras peor, pero lo habitual es volver a casa satisfecho con la sesión y con ganas de afrontar las series de la semana siguiente.

Y aun así, la semana siguiente, la historia vuelve a empezar.

Durante mucho tiempo pensé que la confianza era otra cosa. Creía que consistía en acumular suficientes pruebas como para dejar de dudar. Que llegaría un momento en el que la experiencia, los kilómetros o los resultados terminarían por convencerme de que podía hacerlo.

Pero resulta que no funciona así.

Este domingo haré un triatlón. Ya hice uno en 2013, pero ha pasado tanto tiempo que lo estoy viviendo como si fuera la primera vez. Me ilusiona muchísimo, casi tanto como me preocupa el segmento de natación. Cada vez que entro en el agua aparecen pensamientos que no le enseñarías ni a tu peor enemigo: que no avanzo, que me falta aire, que todos nadan mejor, que quizá he cometido un error apuntándome. 

Es el momento de la semana en el que soy más inaguantable, justo antes de meterme en el agua.

El otro día, empecé a nadar y no me sentí tan mal como otras veces, pero las dudas no desaparecían, así que me acordé que, unas semanas antes estuve en Port Aventura, y mientras daba vueltas en Stampida me llamó la atención el diseño de la atracción: un tren de hierro circulando a toda velocidad por una estructura de madera, en la que si algo falla, está rodeada por un montón de piedras blancas puntiagudas alrededor de toda la montaña rusa.

Ojalá tener la confianza del ingeniero que diseñó aquello.


Porque si yo hubiese tenido que diseñar una montaña rusa, la rodearía de una piscina de bolas o camas elásticas, algo blandito por si acaso.

Así que supongo que hay muchas formas de tener confianza, ser brillante, creerte indestructible o, simplemente aceptar las dudas, ignorar los monstruos imaginarios, respirar hondo y enfrentar lo que tienes delante.

10 jun 2026

UN POCO MENOS YO

Mis amigos saben que salir a cenar conmigo tiene sus peculiaridades, no me gusta elegir, llevo desde niño educando mi paladar para que me guste casi todo y así, no tener que elegir, lo que sea está bien. Me cuesta entender las grandes preocupaciones de mucha gente cuando se trata de elegir el lugar en el que comer por ahí: a mi me importa más la compañía que la comida.

También me ocurre que me entran las dudas, que pienso que voy a elegir mal y, si compartimos, acabaré haciendo que la gente coma peor. Así que, si puedo, paso: elegir vosotros que a mi me da la risa floja. Hace un tiempo leí un estudio que explica que hay personas que se bloquean por la noche porque ya han gastado todas las decisiones acertadas en un día, que se ve que las tenemos limitadas. Ese artículo todavía me sirve como escudo para justificar mi actitud y también, para tener un tema de conversación y parecer un tipo leído (?). 

Aunque en el fondo escondo que mi cupo suele agotarse alrededor de las nueve de la mañana.

Envidio a quienes leen la carta y tienen opinión sobre todos y cada uno de los platos que se ofrecen, hay quien conoce hasta su valor nutricional, yo casi ni los retengo, pero eso sí, como haya un plato con un nombre “molón” ya no leo más, quiero eso aunque me lo calle.


Y es que ese soy yo. Y hay veces que tienes que ser tú en la vida, pero otras no, otras tienes que dejar a tu yo en casa y ser un poco sociable y adaptarte al contexto. Porque ser uno mismo no siempre es lo mejor. Ser uno mismo a veces es contraproducente y tienes que cambiar. A veces uno mismo es vago, egoísta o simplemente está equivocado, por lo que conviene dejarlo un rato a un lado, sobre todo cuando ese uno mismo anda jodiendo por ahí al personal. 

Imagina tener que compartir una hamburguesa solo porque a alguien le haga gracia que le hayan puesto de nombre “Andrea Pirlo”.

Nos han repetido tantas veces que hay que ser uno mismo que hemos acabado por asumir la idea como un dogma incuestionable, pero yo no estoy tan seguro.

Quizá por eso he aprendido a no tener opiniones demasiado contundentes, en ocasiones no tengo ni opinión porque prefiero las conversaciones que me acercan al otro que las discusiones que me separan, porque me interesa más entender y aprender que convencer.

Yo, desde luego, a veces tengo que ser “un poco menos yo” y no dar rienda suelta a mis instintos porque vivir en sociedad es lo que tiene, que nos tenemos que relacionar y renunciar a algunas cosas y adaptarse.

La vida, entiendo, se mueve en ese equilibrio imposible que consiste en adaptarse, ser uno mismo y traicionarte lo mínimo cuando aparece un dilema irresoluble para poder descansar cuando pones la cabeza en la almohada.

O quizá, no hay nada mas yo mismo que un poco menos yo y un poco mas contigo.

5 jun 2026

JUGADA PROMETEDORA

Cuando vivía en Escocia en una clase de inglés nos preguntaron cuál era nuestro sitio favorito del lugar del que veníamos. Tras pensarlo un poco, porque lo de pensar no se me da bien, y lo de traducir aun menos, lo tuve claro: El Ciutat. Quizá no sea el lugar más bonito del mundo, pero es MI sitio, NUESTRO sitio.

No puedo decir que sintiera comprensión del resto de la clase, más bien al contrario: desconcierto y un punto de desprecio.

Pero desde mi magnanimidad pensé: “Padre, perdónales porque no saben lo que se pierden”. El Ciutat y lo que vivimos ahí es un regalo reservado a unos pocos privilegiados.

El caso es que hace unas semanas allí estaba, transitando todas las emociones extremas que un hombre de mediana edad con las necesidades básicas cubiertas puede experimentar cuando de repente, un centrocampista intercepta un pase, levanta la cabeza y ve al delantero desmarcado. Rápidamente le envía un pase largo al espacio. El portero corre para cortarlo pero se da cuenta que ha medido mal y no tiene más remedio que cortar  ver que ha medido mal, decide cortar la jugada con una falta. Tarjeta roja. 

Mientras la grada enloquecía, alguien explicaba que esa expulsión era por cortar una “jugada prometedora”.

En ocasiones el fútbol es una maravilla, tiene detalles que echo de menos en la vida. Ojalá alguien encargado de expulsar de tu vida a todo aquel que se atreva a cortar una jugada prometedora. 

Ojalá poder reiniciar el juego con un balón parado y una jugada organizada después de una injusticia. 

Ojalá poder hacer una falta cuando te equivocas en un movimiento y, aunque con un jugador menos, poder afrontar el resto del día, de la semana o del mes, con la defensa organizada y un plan de juego.

Pero no funciona así.

En la vida también hay faltas y jugadas prometedoras que se cortan de manera ilegal. Pero no hay ni árbitros ni VAR que vengan a repartir justicia. Simplemente tienes que seguir o quedarte lamentando el error y la injusticia.

Me gusta pensar, imaginar e incluso soñar que a veces en esa imperfección reside al éxito de muchas cosas. Los éxitos de los que más orgulloso estoy en mi vida surgen de los fracasos más duros y humillantes. Sin esas lluvias, no hubiesen surgido estos frutos.

Y aún así me paso la vida intentado evitar las tormentas.

Mi equipo está en primera, ha conseguido el objetivo que nos ha hecho felices gracias a un gol que fue un centro que salió tan mal que acabó directamente dentro de la portería con una parábola imposible. 

Llevo casi un mes dándole vueltas a esa idea.

Si ese futbolista hubiese sido mejor, con un pie más fino, ese centro hubiese salido tan perfecto que cualquier defensa alto y bien colocado lo hubiese despejado sin dificultad y nada de lo que se vivió después de aquel gol hubiese surgido.

Ni la explosión, ni los abrazos, ni la alegría del éxito que aun dura.

La vida se mueve por sendas caóticas e inesperadas. A veces las promesas se quedan en nada, y son los errores los que dan pie al éxito.