30 ene 2024

CRÓNICA MARATON VALENCIA 2023 (II)

En mis años de estudiante, donde la mediocridad fue mi fiel compañera de viaje, todo era aguantable. Solo había una excepción: el clásico estudiante y compañero que estaba siempre hundido y lamentando su suerte porque no habían estudiado, no sabía nada y estaba condenado al fracaso, pero luego no bajaba del sobresaliente.

Supongo que hacerse mayor es, en parte, convertirte en aquello que siempre has odiado. Por una semana, o quizá más, me convertí en esa persona.

A alguien le escuché una vez decir que no tiene el recuerdo de ser feliz solo de haberlo sido. La noche antes de la maratón y los nervios con los que desayunas esa mañana son el mejor ejemplo de esto: qué buen recuerdo guardo de ese rato, aunque sospecho que en ese momento no eran tan agradables.

Después de toda la logística de la guardarropa, cambiarse y, también importante, los abrazos y buenos deseos con los amigos. En carreras con tanta diferencia en la salida no siempre es fácil. Pero merece la pena..

El momento tantas veces pensado: esperando la salida rodeado de gente, pero solo. Nino Bravo retumbando en la megafonía, cada uno gestionando sus nervios como sabe o puede, mientras estos corretean libres por el estómago. Ojalá las piernas puedan moverse a la misma velocidad que ese gusanillo que va por dentro.

Las mismas ganas con las que quiero que esto empiece ya y así poder demostrar(me) que puedo; pelean con la idea de quedarse aquí: siempre con las opciones puras, limpias, intactas.

Pero no se hace una tortilla sin romper un huevo. Así que adelante.

Las mismas dudas debió compartir el que daba la salida, ya que se oyó un pistoletazo, y mientras empezábamos a correr el speaker pedía que parásemos. Se hizo el caos: salí, paré, volví pero no hubo más remedio que empezar de verdad, el pelotón no esperaba ya a nadie.

Esto que cabreó a algunos, a mi me ayudó a concentrarme en la carrera y hacer lo mío de la mejor manera posible. Estar centrado en lo que yo podía controlar y olvidarme de todo lo demás.

Se sabe que los primeros kilómetros no sirven para ganar, pero pueden echarlo todo a perder. Dos objetivos importantes: no tropezar con nadie en un pelotón tan grande; y conseguir llevar un ritmo de crucero cómodo sin pasarme, ni quedarme corto. La idea era salir a 4:15min/km y, conforme avanzase la carrera ver cómo respondía el cuerpo.  

Eso sí: la ilusión era bajar de 3 horas.

Y el cuerpo empezó a responder. Las sensaciones desde el principio eran muy buenas (km3-12:34), llegamos a Los Naranjos donde estaba el primer avituallamiento que trae siempre muchos nervios. Gente cruzándose al aparecer las primeras mesas. Incluso casi tengo que pararme para no tropezar y, aunque el km 6 es el más lento de la carrera, lo salvo bastante bien rodando cómodo por debajo del tiempo previsto.

La animación en estos kilómetros es brutal y las piernas van solas, tanto que, sin darme cuenta subo un punto el ritmo. En Blasco Ibáñez me quito la braga y los guantes que ya sobran porque el día es casi perfecto para correr. Enfilamos la ronda norte, me pasa un compañero de entrenos que me dice que "no tiene el día", le animo y ya aparece el km 10 así que preparo ya las sales para el avituallamiento. Las noticias no pueden ser mejores: más de 30 segundos de margen con respecto al tiempo previsto (41:53).

¿Y si me estoy pasando? Aparto las dudas de la cabeza de momento y sigo.

Llego a Dolores Marqués con la impresión de que los kilómetros "caen demasiado rápido" casi sin darme cuenta, de hecho algún punto me sorprende de lo pronto que aparece. En Botánico Cavanilles para seguir con la tradición recibo los primeros ánimos personalizados. Se nota que aquí, juego en casa.

La zona de Alameda y Aragón son siempre un gusto por la cantidad de público que hay animando, voy recibiendo apoyo de conocidos que me empujan. Las sensaciones siguen siendo fantásticas en este punto donde tengo previsto tomar el primer gel que cae bien al estómago (km15-1:02:38) el margen está ya por encima del minuto. Bien.

Estamos de nuevo en Blasco Ibáñez, una avenida de ida y vuelta, que permite comprobar mi sitio en la carrera: el grupo de 3 horas lo tengo casi tan lejos como yo estoy del de 2h50min. Además, voy marcando todos los parciales entre 4:05 y 4:10 tan cómodo que no me lo acabo de creer y las dudas vuelven a visitarme: ¿Me estoy pasando? ¿Me devorará el monstruo al final? ¿Chocaré con el muro?

No ser demasiado listo tiene, a veces, sus ventajas: no pienso mucho más, solo corro. 



Al final de los Naranjos vuelvo a coger a mi compañero de entrenos justo cuando estamos entrando en la zona de la Malvarrosa, los dos vamos con la camiseta granota, lo que hace que aquí el público nos anime de manera especial: aquí también se corre en casa.

Llego a la media maratón en 1:28:06. Casi no lo puedo creer. Intento contener la euforia que me manda el crono. Cuando creo que he conseguido dominarla, me doy cuenta de mi fracaso: el km 25 cae por debajo de 4 (3:57) además llegando otra vez a la Alameda donde sigo recibiendo gritos y ánimos que impulsan. 

La adrenalina empieza a desbordarse.

Ya me he tomado el segundo gel, estoy disfrutando muchísimo, corriendo cómodo. Al pasar el km 28 me doy cuenta que llevo mucho tiempo por debajo de 4:10min/km y casi tengo que pellizcarme porque tengo una sensación de estar viviendo algo irreal. Me pregunto casi en voz alta si esto de verdad no es un sueño: estar "tan bien" con casi 2 horas de carrera.

Todo parece real, veo el público, pero no el escenario. Sigo sin creérmelo del todo, así que doy por hecho que detrás de cualquier curva estará el "tío del mazo" esperando para golpearme fuerte y dejarme seco. 

Calma, me digo, estos más de 28 kilómetros no se borran. Ya son míos.


Sigo sin notar ningún síntoma que presagie la caída pero, ¿acaso notó Ícaro el calor cuando volaba muy cerca del sol? Sí, ya sé que en ocasiones me vengo arriba con las comparaciones. Perdonármelo.

Ya he dejado atrás el km30, la batalla interna seguía estando entre las buenas sensaciones y el miedo a los últimos kilómetros. Justo antes de Gran Vía había quedado con Belén que me esperaba con un gel, pero prefiero no cogerlo y seguir con el plan inicial.. La energía vino de los ánimos de mi familia que estaba por ahí. Los parciales seguían rondando los 4' pelados.

Llegamos al km32, ahí donde la maratón va seleccionando a sus víctimas. Poco después llegó el momento en el que las fuerzas amagaron con fallar pero fue justo cuando tomaba el último gel y llegaba el avituallamiento del km33 así que esta "mini crisis" se fue casi sin llegar. Otra señal de que sí, que era EL DÍA.

La recta paralela al Bioparc. Recuerdos de Vietnam. Pero ahora me veía adelantando corredores y con la cabeza limpia. Aquel sufrimiento de hace 2 años, se transformaba hoy en más fuerza y más confianza.

Sigo incrédulo; de repente estoy en el km35 (2:25:34) y ya que el sub 3 lo tengo, ¿Hasta dónde puedo llegar? Es en ese momento la última vez que le hago caso al reloj. Pienso que si no aflojo, puedo tocar las 2:55 y pagar alguna apuesta. No quiero tocar nada hasta llegar a Archiduque Carlos: ya casi es el momento de ir a ganar. Paciencia.

Es al llegar a esa Avenida cuando ya desaparece el último resquicio de miedo que me queda: apretar los dientes y a volar: no sé porqué tengo tanta fuerza, pero ahora lo único que me preocupa es aprovecharla.

Los últimos 5 kilómetros fueron sensacionales, seguía adelantando corredores, empujando con todo lo que sentía: fuerza, ilusión y euforia, paladeando cada zancada.

Km 40 y ya estamos en la orilla del río, la larga recta que lleva hasta la bajada final abarrotada de público haciendo un pasillo que recuerda a las ascensiones de las grandes vueltas ciclistas. Estos últimos kms son además, los más rápidos de la maratón. La emoción ya está a flor de piel, empiezo a pisar la alfombra azul antes de llegar a la curva de la felicidad, esa que abre el paso a la Ciudad de las Artes y, en efecto, no fue un sueño.

Estaba hecho, era mío y ya nadie, nunca, me lo va a quitar: 2:53:57.

Para siempre.

18 ene 2024

CRÓNICA MARATON VALENCIA 2023 (I)

Leía hace unos días a Manuel Vicent que escribió que "no existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria, que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria". En definitiva, enfrentarse a lo desconocido. Sin esperarlo, sin esquivarlo.

Me pasé todo el lejano 2023 diciendo a aquél que quisiera escucharme que estaba inmerso en la locura de preparar otra maratón, pero no porque quisiera correr otra; lo que buscaba era volver a vivir por primera vez aquello que sentí en torno al km 14 del maratón de Valencia del año 2021, en la increíble recta de Botánico Cavanilles. 

Supongo que lo lógico es pensar que vivir por primera vez algo por lo que ya has pasado, es imposible. Pero cuando sentiste aquello que algunos llaman magia, acabas pensando que por qué no. 

Ocurre que a veces la vida parece un cubo de Rubik, cuando crees que ya tienes una línea, todo se mueve y se vuelve a desordenar. Mientras asisto atónito a ese imposible, al lado hay gente resolviéndolo en segundos, sin aparente esfuerzo. Pero pasó, el día 3 de diciembre todo empezó a encajar a la perfección, los cuadrados se movían por inercia.

Y me quise quedar a vivir en algunos kilómetros. Atrapar el aire con mis manos y guardarlo para siempre.

La preparación fue un Dragon Khan, llena de vueltas, subidas y bajadas imposibles. Dos años antes fue casi perfecta: iba clavando cada entrenamiento como marcaba el plan. Esta vez no había manera, por mucho que lo intentara no dejaba de tropezar: una semana con fiebre, después dos más con el "cuerpo bloqueado" incapaz de hacer 3-4 kilómetros sin parar. Cerca estuve de renunciar, parecía lo más lógico porque no pasaba nada, pero no funcionaba.

Pero un día algo aquí dentro hizo clic.

¿Qué fue? No tengo ni idea. Durante una media maratón empecé a encontrarme bien, las piernas y la cabeza se soltaron, la frustración se volvió alegría. Tuve la tentación de dedicar algo de energía a encontrar explicación, hasta que recordé que tenía algo más importante que hacer: disfrutarlo

Quizá si supiera qué fue estaría más cerca de repetirlo, pero una de parte de la magia de la vida es no saber porqué sucede lo que ocurre. Está bien así.

Oigo mucho eso de "ser como niños" y yo creo que una de las claves es esa, no perder el tiempo ni las energías que son para disfrutar buscando explicaciones fútiles, que además suelen ser más grandes que uno mismo y, además, son mucho más grandes que yo. 

Ese 22 de octubre cambió la dinámica. El punto de inflexión a partir del que empecé a disfrutar de cada entreno, a notar esa chispita en el cuerpo y a que todo fluyera. No estaba seguro que hubiese llegado a tiempo, pero entrenar ya era otra cosa. Después, unos días en La Rioja me acabaron de dar el empujón para entrar en el último mes de la preparación con la esperanza de conseguirlo.

La semana de la carrera no la puedo explicar, sentía ese gusanillo en el cuerpo que solo entienden aquellos que han vivido algo similar, esa sensación que mientras la traigo a mi cabeza para escribir estas líneas todavía me vibra en la piel. 

ILUSIÓN, creo que se llama.

Los días se deslizaban sigilosamente, sin tregua ni descanso hasta que de pronto es viernes, salgo de trabajar y lo único que hay se ve ya en el horizonte es la carrera.

Dicen que una maratón son 42,195 kms. Pero es mucho más que eso: son los 4 meses de entrenamientos; los litros de sudor derramados; los kilómetros en compañía y en solitario; las personas cercanas que te aguantan con cariño y paciencia tantas conversaciones sobre un tema que no les importa casi nada. Los nervios, las frustraciones, el odio y el amor al río Turia, a los madrugones y al sinsentido que tienen las cosas banales que tanto nos importan. En definitiva: a mi mismo.

Llegó EL DÍA. 

Antes de dirigirnos a la salida comprobé que lo llevaba todo: mi camiseta azulgrana con el dorsal al pecho, el reloj, el convencimiento de que todo había merecido la pena, los geles, las dudas y las ganas de resolver tantas horas de incertidumbre.

14 ago 2023

EL UNIVERSO ES INFINITO, OTRAS COSAS NO

Alguien que me leía hace años me dijo que de vez en cuando vuelve a leer mi blog y que últimamente solo escribo tonterías. Bien, prueba fehaciente que lo escribo yo, del que no se puede esperar mucho más. Agradezco de corazón cada sincero elogio.

Hoy no será una excepción.

En ocasiones, sin aviso previo me atropellan recuerdos del pasado que me pinchan el estómago. Uno de los más habituales es un pensamiento que me rondaba durante la adolescencia. Fantaseaba con ser testigo de desgracias que sucedieran a mi alrededor; de esas que hacen temblar los cimientos de mi vida, profundizando en no sé muy bien qué y, supongo, transformar mi personalidad de arriba a abajo. 

Demasiado cantautor.

De esos recuerdos puedo concluir que desde bien pequeño he sido dos cosas: imbécil y feliz. Por ese orden. Son dos características que me acompañan y están presentes en casi cada momento de mi vida. Son parte de lo que soy.


Pasa que una mañana de febrero me levanto como un día cualquiera, pongo la radio mientras preparo el desayuno para despertar a esa cabeza imbécil y feliz y encuentro que todo gira en torno a que Will Smith le ha soltado un sopapo a un tipo en la gala de los Óscar

Me faltó tiempo para entrar en redes a buscar el vídeo (puro interés, cero morbo) y me encuentro con un encarnizado debate en el que todo el mundo tiene ya su postura definida con la suficiente solidez para defenderla: quién actuó de forma correcta, quién no, porqué y porqué no. Fascinado soy como una pelota de tenis pasando de un lado a otro con cada nuevo argumento. Casi se me queman las tostadas.

No sabía si era la felicidad, la imbecilidad o el cansancio lo que se interponía entre la opinión y yo. Pensé que debían ser las tres. Año y medio después de aquello sigo sin tener una opinión clara y contundente. Sería un problema si no fuese porque ya a nadie le importa y pocos se acuerdan de ello.

Eso no evita que sospeche que si fuera menos imbécil y más feliz o a la inversa, yo también podría haber dicho algo.

Hace poco volvió a pasar, me levanté y esa noche había saltado otra típica historia americana: la de los extraterrestres. Esta no te obliga a formar la opinión rápido, para esto a todos nos ha dado tiempo de sobra a pensar sobre ello. Peor. 

Prevenido me centré primero en que no se quemara el desayuno.

En esta historia están por un lado los que se niegan a creer en que algo así haya pasado, pase o pasará; en otro lado tenemos los que no tienen dudas que en un universo del que no conocemos sus límites no haya otro tipo de vida más allá que lleve muchos años estando infiltrados entre nosotros.

Yo, como de costumbre, no tengo ni idea de cuál es la verdad, lo que sí sé, es que si en este planeta tan pequeño tu y yo no nos hemos encontrado aun en todos estos años en los que no hemos parado; no creo que sea tan fácil que en un universo tan infinito nos hayan encontrado ya unos seres tan lejanos que no sabemos a qué vienen. No sería justo. 


Aunque si ellos han sido capaces de encontrarnos, lo que no puedo negar es que son una inteligencia muy superior a la mía que llevo dos semanas incapaz de encontrar un libro en una casa de poco más de 40 metros cuadrados. La inteligencia de esos seres sería casi tan grande como la de las madres.

26 jul 2023

LA FORTUNA DEL VAQUERO

Hace unos días oía una tertulia en la que se hablaba sobre propuestas de algunos partidos políticos, muy interesado en el tema no estaba (por lo que sea) hasta que surgió un tema que llamó mi atención, debatían sobre algo que parecía ser una novedad que llamaban impuesto a las grandes fortunas. 

Creo que discutían sobre la eficacia, la importancia y la oportunidad de la medida, pero poco a poco mi cabeza empezó a alejarse de lo que allí se decía, solo podía pensar en algo: ¿Qué es una gran fortuna?

Sin ser yo un experto, me atrevo a asegurar que no hay mayor fortuna que la mía.

Fui a comisaría a denunciarme, aunque no pude hacerlo porque había mucha cola, mínimo 3 horas. Así que me he visto en la obligación de mandarle una carta al gobierno para que me cobren ese impuesto. Lo pago todo yo. 

Yo, que te tengo a ti al otro lado de la pantalla usando tu valioso tiempo en leerme; yo, que tengo los mejores amigos que cualquiera podría soñar; yo, que sin merecerlo tengo una vida llena de lujos y privilegios; yo, que tengo en mi vida personas que me miran con buenos ojos y piensan que soy mejor de lo que soy. No merezco tanto.

Me parece justo que el gobierno me obligue a rendir cuentas por tanto privilegio. Otra cosa sería egoísta. Aunque ya les he avisado que por muy alto que sea ese impuesto, lo que nunca conseguirán es  que pague lo suficiente para todo lo que recibo.

Si tuviera que elegir entre cualquiera de las posibilidades que se nos ofrece en el marco político actual, me quedaba, sin dudarlo, contigo.

Es así.

Mas tarde de lo que me hubiera gustado, pero quién sabe si a tiempo, descubrí que el esfuerzo por ser el mejor no servía para nada. 

Sin calidad suficiente para que el equipo dependa de mi acierto, no puedo ser protagonista, el que se lleva méritos, aplausos y portadas. Mi papel es el de correr la banda, apretar, recuperar el balón y pasárselo rápido al bueno, antes de volver a perderlo. Así que no tengo que ser el mejor, sino estar entre los mejores y jugar en equipo. Dejar a los compañeros el mérito y los focos. No querer el barco, sino disfrutar del barco de mi amigo. 

Al fin y al cabo, soy demasiado vago para llevar cuidarlo todo el año. 

Hay quien nació para brillar bajo el foco, luciendo el traje impecable y llevándose la admiración de todos por esa belleza, pero intentarlo sin tener mimbres para ello no es buena opción. Por lo menos, no para mi. Ese esfuerzo para acabar usando el traje, como mucho, 4 ó 5 veces al año, es demasiado.

Tanto para tan poco.

A veces pienso qué pasaría si hubiera una prenda de vestir que fuese molesta, incluso agobiante cuando hace calor; que además fuera inútil para combatir el frío en invierno y, por si no fuera suficiente, en días de lluvia cada vez que moja, se volviera incómoda hasta para moverse. 

¿Tendría éxito? ¿La compraría alguien? Supongo que no; a no ser que tenga forma de pantalón vaquero y sea la prenda de ropa más usada en el mundo.

Es lo que llamo el "paradigma del vaquero", cuando todo apunta a que no tiene ningún elemento que garantice la supervivencia, se convierte de manera inexplicable en un  éxito. Es como la Torre de Pisa, supongo que el arquitecto que la diseñó fue despedido sin indemnización, y es precisamente su defecto la que la convierte en un éxito mundial.

No es necesario (ni deseable) ser perfecto para lucir. En ocasiones, es la capacidad de ser genuino, cómodo y versátil la llave del encanto.

Las personas vaquero no acostumbran a salir en la foto, (ni siquiera en la era instagram), su presencia es ese silencio que se echa de menos en medio de tanto ruido, quizá no destaquen especialmente, pero cuánto se necesita gente así. Sin un lateral derecho o un mediocentro defensivo que cumplan su tarea, el portero no podría parar el penalti decisivo, ni el delantero tendría la ocasión de gol que le trae la gloria.

No lucir nada para que todo brille.

16 jul 2023

FLIPARSE, PERO NO MUCHO

 Llevo un rato frente a la pantalla del ordenador con una página en blanco que no soy capaz de manchar con caracteres negros, tengo música en los oídos y estoy en una cafetería en la que no he pedido la clave wifi para tener menos distracciones. Normalmente cuando esto ocurre, escribo una frase o un par de líneas y las voy borrando, pero hoy ni eso. Los manos siguen sobre el teclado pero no se movían.

No hay excesivo movimiento, la música suele acompañarme cuando vengo a escribir, y lo peor, es que no me puedo esconder detrás de la falta de ideas porque me he venido aquí con un par de ellas que llevan semanas rondando por mi cabeza. 

Hace media hora, mientras me preparaba para venir hacia aquí, estaba visualizándome escribiendo un texto impresionante, algo que llegase a un escritor que me felicitara por la brillantez del texto y se lo reenviase a su editor para contactar conmigo, animarme a seguir escribiendo y me diese algún espacio con el que llegar a más gente y algún consejo para pulir el (evidente) talento y publicar algo en una modesta editorial. Algo que llegase a una chica guapa, inteligente y con inquietudes, que quizá me escribiese para decirme lo que le había gustado el texo, especialmente una idea que me matizaría, la discutiríamos y, a partir de ahí, empezar una bonita historia. Acabara como acabara.

Y sin embargo aquí estoy, lamentando mi no escritura. No habrá editor, ni chica, ni historia.

Quizá sea el calor, o que en vez de café como siempre, pedí aquarius.

Sea lo que sea, a mi cabeza vienen algunos "profetas del día después" de esos que todos conocemos que siempre tienen el arma cargada y preparada, esperando al momento perfecto para disparar -sus- porqués sobre la lejanía entre las expectativas y la realidad. Sospecho que si las circunstancias fuesen diferentes, los elementos se adaptarían, pero el argumento no variaría un ápice. Puede que incluso lo haya probado.

Y es que, simplemente, a veces no se da. Y ya está.

Mientras escribo esto suena un verso que dice "si lo barato sale caro, tu no tienes precio, le digo al tipo del espejo".

Llegados a este punto, podríamos decir que "me he vuelto a flipar", me suele pasar así que cuando esto ocurre, tengo que sacar mi "manual para desfliparse" en el que me recuerdo que tan listo no seré si no hace mucho me mordí la lengua masticando.

Pero hay más.

Solo hay que hacer una rápida búsqueda en internet para averiguar que a la gente le cambia la vida cosas muy interesantes, un viaje, normalmente a algún país de África o Asia; otros se acuerdan del día que conocieron a esa persona especial con la que su vida dio un giro; encuentro también experiencias muy emocionantes sobre lo que te marca tener un hijo, claro. Qué bonito. Hay quien incluso "ha vuelto a nacer" después de alguna experiencia concreta. ¡Guau!

Pues a mi me cambió la vida el día en que me instalé (y con ayuda) un ventilador en el techo de mi habitación. Todo cambió, y desde entonces ya no he vuelto a ser el mismo. Para bien. El desastre sigue estando presente casi a diario, pero ahora descanso mejor y vivo cómodo con él.

Tres aspas y una cajita con cuatro posiciones. Eso lo cambió todo.

Como la sencillez no está reñida con el inconformismo, este cambio me dio la lucidez necesaria para tomar otra decisión que mejoró la mejoría: dejar el teléfono descansar por las noches en silencio y lejos de la cama. Y ya. Conviene no abusar de los cambios, no vaya a ser que de tanto mejorar, todo acabe empeorando.

Se puede intuir que no soy una de las mentes más privilegiadas de mi generación, pero hay un punto de orgullo en estas dos decisiones que quizá hayan sido las más acertadas y con mejores resultados en años. No aspiro a tanto acierto en un futuro próximo.

Así que, cada vez que me encuentro con una de esas personas dispuestas a explicar lo que falla en mi vida, debo recordarme que quizá será alguien iluminado por una existencia llena de puntos de inflexión muy profundos e impactantes, con una lucidez lejos de mi alcance. Supongo que será eso y no la incapacidad de explicarse a sí mismas el motor que les lleva a explicar la vida de los demás.

Lo que seguro que no será, es alguien que su vida la cambió tres aspas.

Yo, como Manolito, desde hace algunos marzos, no entiendo nada. 

Y ya ni lo intento, es hasta más divertido así.

25 jun 2023

CUANDO EL HIELO QUEMA

Hace unas semanas escuchaba una entrevista a un entrenador de fútbol. Atendía al periodista con la felicidad que da haber conseguido un éxito importante y más, tras haber sido despedido de su anterior club. El periodista preguntaba si además de la alegría por haber conseguido el objetivo y haber superado las críticas, tenía también la tranquilidad de poder demostrar su capacidad y su valía. El hombre contestaba que no, que nunca dudó, que la confianza en su trabajo fue siempre del 100%.

No me caí de la silla porque iba andando por la calle. 

Necesito que sea mentira. Que esa seguridad en uno mismo y no sea posible ni real; y si existe como parte del éxito, no me lo contéis. 

Siempre me ha costado leerme, a veces encuentro algo que escribí hace tiempo y no puedo evitar la vergüenza por lo que hay ahí escrito. Últimamente ya n me hace falta encontrar nada. A mi memoria vienen gratuitamente recuerdos de algo que dije, hice o pensé y quisiera que me tragara la tierra por haber sido así, tan estúpido.

Defenderse de esto es fácil durante 20 años; al fin y al cabo, estás en crecimiento y puedes recurrir a la cosa esa de la inmadurez, y pensar que los años asentarían seguridades, que llegaría la madurez y habría consistencia, continuidad y seguridad en mi pensamiento. 

Sí, siempre he sido un ingenuo.

Pero ya llevo muchos años sospechando que eso no llegará, que sería más práctico averiguar si esta incapacidad daría derecho a una paguita; o si, por el contrario, la madurez es otra de esas cosas que tampoco eran verdad. De las que se habla mucho, incluso hay quien asegura conocerla, pero nadie ha podido demostrar. 

Algo así como el perro de Ricky Martin.

Creo que si sigo escribiendo es para saber si llegará el momento en que deje de avergonzarme de mis ideas, y de paso, tener una fotografía del momento exacto en que ocurre. Después habría que resolver si he traspasado la inmadurez o, al contrario, acabé por afincarme en la gilipollez.

Mi seguridad se cimienta sobre dudas y fracasos. 



Otra de las respuestas de aquella entrevista que me recordó que a veces voy por el mundo intentando disimular que no entiendo nada, fue cuando le preguntaron su opinión sobre un jugador de otro equipo y dijo algo que me pareció quería ser positivo: "su mejor cualidad es que hace mejores a los demás".

¿Qué quería decir? ¿Estaba insinuando que de tan mal que juega es bueno? ¿Lo hace tan mal que los que juegan junto a él parecen mejores de lo que son? 

No es algo tan raro, el hielo también quema.

Ya no pude seguir escuchando, me entretuve pensando cuántas personas hay en mi vida que hacen mejores a los demás. Cuántas lo son por lo que aportan y cuántas porque te hacen valorar lo que tuviste en tu infancia. Se me ocurrieron unos cuantos, hasta cantantes, artistas y políticos.

Incluso pensé cuántas veces y con cuánta gente he sido ese, porque esto explicaría porqué mis exnovias encuentran la pareja definitiva con el chico que conocen después de haber tenido una relación conmigo.

O no. 

Porque quizá la vida sea eso que dice el protagonista de "Prórroga" la novela de Antonio Agredano, quizá la vida sea "más un uy y no tanto un gol" y lo importante no era ganar, sino perder recibiendo menos goles de los esperados.

Así que lo único que me queda es pensar que madurar será darse cuenta que en la vida no son metas a las que llegar, sino solo caminos que recorrer.

6 mar 2023

UN PIJAMA VIEJO, UN BATÍN NUEVO

Una vez leí, no recuerdo a quién ni dónde (igual me lo he inventado) que uno sabe que está enredado en la edad adulta cuando le regalan corbatas o pijamas. Así que llevo años luchando por  esquivar esa señal inequívoca de la cuesta abajo vital. El problema es que cuando uno consigue esquivar una bala, se pone en la trayectoria de otra peor. 

Este año lo empecé dejando caer comentarios alrededor de que "solo tenía un pijama viejo y medio roto", añadiendo que era toda una suerte haberme dado cuenta de ello, justo antes de Reyes.

Un día de Febrero dirigía mis pasos hacia el Carrefour con la mirada perdida, el corazón contrito y las piernas dirigiéndose a una zona muy concreta del supermercado. 

La vida siempre está dispuesta a vencerte sin darse importancia, sin posibilidad de defenderte y adherirte la sensación de humillarte con la que parece disfrutar.

Como uno ya ha perdido mucho, he aprendido que toda derrota antes o después otorga la oportunidad de revancha. Pequeñas e inútiles, pero personales y satisfactorias.

He construido una personalidad basada en sólidas convicciones absolutamente fútiles a las que no iba a renunciar de ninguna manera. Luego la vida te va llevando por caminos raros, tiene su propio plan y acabas renunciando a ti. Elegir cuáles mantienes y cuáles dejas atrás es lo más difícil, sobre todo cuando no pierdes energía en justificarte cuando te descubres siendo aquello que siempre odiaste. 

El problema es que aunque sospeches que estás equivocado, la satisfacción que da verse en el lado correcto una vez, compensa las heridas de las otras 99.


En este caso estoy hablando de mi total y absoluto rechazo y desprecio al batín. Solo el ser humano sería capaz de concebir algo tan feo, que transmite una imagen tan horrible que me obliga automáticamente a mirar con desprecio y superioridad moral a todos los que ceden a ponerse ese atentado al buen gusto.

Por menos se han montado revoluciones. He visto un país cerca de ir a las armas sólo por una tilde.

Yo, que nunca dudé de mi odio y rechazo, que nunca apareció ninguna señal que me hiciera dudar de una de mis más sólidas convicciones, llevo unas semanas escuchando una voz dentro de mi que recuerda que vivo solo; que nadie tendría porqué saberlo; que las mañanas, e incluso la vida sería mas llevadera, que la temperatura a esas horas es más baja de lo que mi cuerpo entiende por agradable y que, ¿por qué no probarlo? ¿Tan malo sería?

Pero claro, por otro lado me digo ¿Qué es un hombre si no sus convicciones? ¿Es acaso sus contradicciones?

Escuché hace no mucho, que los principios son principios cuando son inconvenientes.

¿Es un batín eso de lo que hablo? ¿Sólo batín o batín solo?