17 nov 2024

DAR UN POCO CUANDO TODO NO ES SUFICIENTE

Voy a empezar por el final: he llorado más veces de las que sería sano reconocer en el fútbol, pero ayer lloré por primera vez antes del partido y no al final. No sé si volverá a pasar.

Solo pude ver la primera parte, pero por una vez, lo importante, lo que merecía la pena vivir, ocurría antes de que empezara a rodar el balón. No después.

No quería escribir sobre esto. Tengo el miedo de rozar lo pornográfico, pero uno tiene sus demonios y esta es mi manera de exorcizarlos.

Y es que vivir a pocos kilómetros de la zona cero y seguir con tu vida ha sido algo rarísimo y, a la vez necesario. Sé que ha sido un sentimiento común, pero algo dentro de mi me obligaba a ir, a echar una mano, a ayudar en lo poco que podía y calmar ese malestar que a todos nos mordía por dentro. Lo que encontré allí los primeros días no quiero olvidarlo nunca: todo el mundo colaborando en lo que podía, sin mirar a quién, solo poniendo lo que cada uno tenía, nada más y nada menos. Sentir el agradecimiento genuino de ver cómo todo el mundo se volcaba con lo importante. 

Dar un poco cuando darlo todo no es suficiente. Y aun así hacerlo.

Ha sido una mierda. Ha sido emocionante.

Nunca me he considerado patriota, no me identifico con el orgullo de haber nacido en un lugar concreto. Pero esos primeros días después del desastre, sentí lo más parecido al orgullo de ser valenciano, de ser español. De compartir miedos, preocupaciones y objetivos con todas esas personas que allí estaban. Supongo que algo que surgía de un lugar profundo, parecido a lo que sentía yo.

Después llegaron las redes, la mediocridad política para cargárselo todo.

Pero dentro de esa miseria, me llevo un recuerdo que no olvidaré. Ojalá no haberlo vivido nunca.

26 oct 2024

GANAR PERDIENDO

La vida es cuestión de actitud, no hace falta vivir grandes cosas para experimentar momentos importantes. A veces, en mitad de la rutina, la vida te explota, las certezas saltan por los aires y acabas más allá de donde imaginabas. En la rutina está encerrado el secreto de lo extraordinario.

Y es por ello que, de vez en cuando, hay que lanzarse a los brazos de lo extraordinario y, por ejemplo, irse de viaje a otro uso horario, donde todo pasa y no cambia nada. Colombia fue para mi, uno de los primeros capítulos de un año que ya está acercándose a su desenlace.

Una tarde de esas en las que te puedes permitir arreglar el mundo porque el tiempo no existe, mi Garmin dimitió, uniéndose a la sensación de que allí el tiempo no existe. Intenté solucionarlo (reiniciarlo y cargarlo) pero no pude hacer nada. A veces, es necesario un ligero inconveniente para darte cuenta que la felicidad está ahí, con voluntad y sin esfuerzo, cuando te das cuenta de que algo cambia, pero todo sigue igual.

Unos días después salí a correr por Cartagena, y por primera vez en años lo hacía sin reloj, sin referencias de tiempo o de distancia. Solo mis piernas, el calor del Caribe y 2 buenos amigos acompañándome. El plan perfecto, ¿verdad?:

Pues no.

Porque, a ver si os habéis creído que soy un hippie que hace deporte por salud, por disfrutar y por no se cuántas cosas maravillosas que aportan integridad, salud y te hacen mejor persona. ¿Acaso soy un libro de autoayuda con piernas?

Qué bonito quedaría ahora contando lo que disfruté la experiencia, que me encontré a mi mismo en ese rodaje y redescubrí lo que era correr sin nada más que importara, y que mis pensamientos eran limpios y perfectos. Pero la realidad es otra. La realidad es que improvisé varias formas de preguntar por el tiempo y el ritmo que llevábamos fingiendo que no me importara demasiado. Y claro, lo primero que hice al llegar al hotel, después del pertinente baño en la piscina, fue sincronizar mi Strava con el suyo. 

Ahí, y solo ahí al ver la actividad registrada, fue cuando me quedé tranquilo del todo.

Dedicar parte de mi tiempo a entrenar, a preparar retos, sean grandes o pequeños me da y me quita vida, pero supongo que parte de la vida consiste en ir perdiéndola mientras tanto. Igual que la luz, que cuando es demasiado intensa te ciega; allí donde solo importa conservar la vida, suele ser donde menos vida hay.

9 oct 2024

UNA VIDA INTERESANTE

A veces pienso que me gustaría tener hijos para poder camuflar mi egoísmo con una excusa digna, una coartada válida, que me ahorre perderme buceando en subterfugios y excusas interminables como atajos imposibles. Una razón noble; una verdad buena en la que envolver mi egoísmo y miserias con una capa de bondad y nobleza con el que salir bien en las fotos.

Porque soy esa persona que cada fin de semana se retuerce en su butaca incapaz de controlar tan siquiera el movimiento agitado de mi pierna. En esos momentos, prefiero un gol de mi equipo a la paz mundial, hay más alivio en que una pelota atraviese la línea custodiada por tres postes que en imaginar un mundo sin balas. Y entiendo lo que esto dice de mí. 

Sin embargo, con un hijo podría disfrazar mi histeria de preocupación y bondad. Supongo que ayudaría, aunque fuese solo a algunas cosas.

A otras no.

Una vez escuché a Gasol explicar que aunque haya ganado 2 anillos de la NBA, un campeonato del mundo, varios europeos y muchos más éxitos individuales y colectivos, todavía sigue habiendo algunas derrotas que le persiguen y le duelen con más intensidad de la que disfrutó sus victorias.

Salvando las evidentes distancias, porque no voy a estar nunca a la altura de Pau, me reconozco en esa frase. Cómo duelen algunas derrotas; pequeños y grandes fracasos se han transformado en fantasmas que se presentan sin llamar, y escuecen como el vinagre en una herida abierta. Esas heridas que, por mucho tiempo que pase y ya cicatrizadas, siguen evolucionando y cada vez duelen de forma distinta, desconocida pero reconocible.

¿Qué se puede hacer?  Yo solo sé hacer una cosa: Tomar aire, respirar, y recordarme que con todo "está siendo una vida interesante". Ojalá este olor a fracaso, derrota y lodo, se conviertan algún día en las flores más altas; y estas heridas se conviertan en esa cicatriz que poder lucir con el orgullo irracional que te da la diferencia.

24 jul 2024

GLORIAN ESTEFAN, LEO MESSI Y ALGO MÁS

Hace unos meses hubo una reforma en el edificio donde viven mis padres y cambiaron el ascensor. La obra, por supuesto, se alargó más de lo previsto, el ascensor funciona peor que antes, aunque eso sí, ahora habla. Cuando se pone en marcha te avisa: "ascensor cerrando puertas". Mi cabeza automáticamente cada vez añade: "abriendo heridas". Es toda una experiencia descubrir, décadas después que Gloria Estefan sigue sonando en mi cabeza. Supongo que algo parecido es lo que llamamos éxito en la vida música.

Eso, o que mis neuronas van dando síntomas de decadencia. No lo sé.


Hace unos días se lesionó Messi. El mejor futbolista de la historia con 20 años de carrera y casi 800 partidos jugados, estaba disputando otra final. Quizá uno de los pocos partidos que aun le sigue importando ganar. En una acción más, le pasan la pelota, el control se le va largo y sale corriendo a por ella. Un mal gesto y se lastima el tobillo él solo. Intentó seguir en el partido, pero tiempo después, en una acción cualquiera, ya no pudo más y tuvo que ser sustituido. Las imágenes de Messi con el tobillo hinchado y lágrimas de impotencia, impresionaban.

Bueno, me impresionaban a mi que soy superficial, me importa el fútbol, sigo teniendo a Gloria en mi cabeza (además, mal citada). A ti, que sabes que el fútbol es una tontería, que son solo unos millonarios en pantalón corto corriendo detrás de una pelota, no. Tú eres mejor que yo. 

El caso es que viendo aquello pensaba en el equipo de profesionales que rodea a Messi: médicos, fisios, dietistas. Todos ellos profesionales contrastados con el objetivo de cuidar el físico de un talento especial. 

Y aun así, se rompió.

Vaya, a veces todo no es suficiente. 

Y claro, resulta que tú y yo no tenemos tanto talento ni tanta suerte. Tampoco conocemos el manual de la vida, ni nadie nos ha dado pautas sobre cómo vivir. Hacemos lo que creemos, de la manera que mejor nos sale. Algunos días te esfuerzas y das lo que tienes. Otros, suficiente es solo conseguir pasar otro días más. Y resulta que ocurre que hay veces que no puedes más y no te explicas porqué. Te sientes agotado, triste, sobrepasado y no te lo explicas.

¿Qué ha pasado? ¿Qué he hecho mal? 

¿Y si lo único que pasa es que te rompes y ya está? No hay que buscar muchos motivos. Si no puedes, no puedes. Paras, levantas la mano y vete al banquillo. Descansa, llora si tienes que llorar, te cuidas y luego sigues.

Se rompió Messi, hace tres años en mitad de la competición más importante de su vida, se rompió Simone Bales, se cuidaron y vuelven a su trabajo. En ocasiones nos toca a nosotros parar y rehacernos, porque eso es lo que está bien. Y quién sabe si parar cuando no quieres hacerlo es lo que hace falta para aprender a usar la honda con la que derrotar a Goliat.

El mundo seguirá girando, tú tienes todavía mucho por jugar, y yo tengo curiosidad por saber cómo seguirán evolucionando los ascensores. Siempre nos quedará la consistencia y estabilidad de las escaleras.

3 jun 2024

STALLONE NO JUEGA AL AJEDREZ

Tenía pensado empezar este texto contando que soy una persona tremendamente ocupada, pero he decidido cambiar el inicio por dos razones: la primera es que uno de los consejos básicos para escribir es evitar los adverbios acabados en "mente"; la segunda es que esa frase no aporta mucho. La sensación de no llegar a todo, que la vida te atropella y que la única manera de avanzar es a trompicones creo, que es característica de la época.

En mi caso, cada noche llego a la cama cansado y con la sensación (supongo que irracional, como casi todo) de que algo me he dejado en el camino, algo que no soy capaz de ver, pero que lamentaré y será imprescindible en alguna parte del viaje.

¿Qué haré entonces? Ni idea, pero como ya vivo sin saber qué estoy haciendo, la sensación no será  desconocida. Seguiré disimulando e improvisando. 

El ritmo de vida es tan acelerado, que incluso de vez en cuando cae una siesta (?) no buscada pero tampoco evitada. Un sábado después de una de esas siestas merecedoras de una sala en un museo, me arrastré hasta la cocina para hacerme un buen café.

Allí, con el aroma del café invadiendo el escenario, levanté la mirada mientras reflexionaba sobre algo que leí hace tiempo. El horno, el microondas y la lavadora, me ofrecían una mirada abierta al interior. Sin embargo, si giraba la cabeza, ahí estaba el siniestro y oscuro lavavajillas, ¿Por qué? ¿Qué está ocultando ese electrodoméstico?

Una vida muy interesante y poco valorada.

Esta capacidad de profundizar en el entorno no es mi única virtud desaprovechada.

Ese mismo viernes por la tarde volvía a casa con el sudor corriendo por la frente, las endorfinas volando por mi cerebro y la satisfacción de otro entrenamiento realizado con éxito. En ese momento una pequeña sensación empezaba a crecer dentro de mi: aprovechar la inercia y explotarla esa noche, que uno nunca sabe. Si algo he aprendido en esta vida es que uno a veces lanza los dados y acaba haciendo jaque con una torre y un alfil.

Así que, cuando cogí el teléfono buscando suerte lo primero que encontré, además de algún asunto de trabajo, eran propuestas para hacer deporte: salida en bici y un partido de tenis. Para el mismo día.

Supongo que la sensación debió ser similar a la que experimentan algunos actores con cierto recorrido: no se olvidan de mi, algo se debe estar haciendo bien, PERO tampoco pasaría nada por cambiar de registro de vez en cuando, que puedo rendir en otros papeles. 

Aunque sabes que no depende del todo de ti que los demás te sitúen en un lugar concreto, una pequeña parte ahí dentro se siente responsable de la situación, ya que en algún momento llevaste aquella bandera que ahora quieres aparcar. Aunque sea un rato.

Porque destacar en algo también tiene sus desventajas.

Lamentarse es aceptable, pero engañarse no. Tampoco pasa nada por reconocer que en realidad formas parte del problema. Porque, siendo honesto, tampoco pagaría una entrada para ver a Jason Statham haciendo una película romántica o a Jim Carrey salvando al mundo de una amenaza extraterrestre. 

Que mis amigos no me vean como un imprescindible de la noche debe ser de esas cosas que se catalogan como algo normal.

La casualidad, y un poco la insistencia también, hizo que la noche cogiera impulso. Fuimos a cenar, entre risas, con buen ambiente y las promesas de la noche rondando la mesa. 

En aquella terraza, sobre una larga mesa oí una de esas frases que te hace escuchar. Ella contaba que "ahora no tenía tiempo para entrenar, solo para salir a correr". No me había parecido hasta entonces; pero reconocí ahí mi idioma y en ese momento cambió todo sin que se hubiese movido nada. El resto de conversaciones fueron perdiendo volumen. El mundo fue cayendo a plomo allí mismo, las risas y la conversación se desvió hacia anécdotas de carreras, ritmos, entrenos, sensaciones y zapatillas. 

Desapareció el ruido mientras aparecía la belleza.

Sin pretenderlo porque quizá no se puede huir de uno mismo, acabé haciendo exactamente lo contario de aquello a lo que allí había ido a hacer.

Y es que nadie encaja golpes ni da puñetazos con Stallone, y eso será así siempre.

2 abr 2024

PEGATINAS EN LA ACERA

Hace unos días, paseando por Ruzafa me crucé con una de esas pegatinas que sustituyen a los coches cuando el ayuntamiento decide encargarse de guardarlos, dando pie a una de mis situaciones favoritas: esas que cuando le pasan a otros son comprensibles, pero al vivirlas en primera persona, es una injusticia.

Al ver aquella pegatina recordé que cuando era niño, corría a arrancarlas convencido de mi buena acción, ya que, pensaba que si había llegado después de la grúa pero antes que la policía, le estaba ahorrando una multa a alguien.

No recuerdo en qué momento dejé de arrancarlas, ¿porque me di cuenta de la tontería del razonamiento? Claro que no. Fue una mezcla entre pereza para agacharme, y mi híper desarrollado sentido del ridículo: solo yo arrancaba esas pegatinas. Algo fallaba. 

Con la perspectiva que da el paso del tiempo, saco dos conclusiones de aquello: la primera, desde niño soy antisistema pero no mucho, siempre defendiendo causas perdidas y pequeñas. La segunda, es que a mi no me estropeó la sociedad. Mi estupidez no es culpa del sistema educativo, ni me perjudicaron las redes sociales. Yo ya estaba torcido antes que la sociedad me echara a perder. Eso que le ahorro. Salí con desventaja respecto a cualquier persona con un razonamiento estándar. 

Poco se valora mi capacidad para sobrevivir.

Pese a los lamentos que suelo leer sobre lo mal que está todo, yo defiendo que si una persona con mi capacidad haya conseguido adaptarse y ser aparentemente funcional, es la demostración de que la sociedad todavía funciona.

Sé que muchos habéis tenido la mala suerte de tener que convivir con este nivel tan bajo que lastra todo vuestro incontenible potencial y tenéis que compartir espacio vital con mediocres indecentes. Injusto, a todas luces. Aquí un Culpable.

A mi dame mediocridad y llámame tonto. No me voy a quejar. Estoy encantado y aliviado en esta sociedad de un nivel tan bajo. Voy cada día al límite de mis posibilidades. En un lugar mejor y más brillante, cada año descendería una categoría hasta arrastrarme por las cloacas de vuestro mundo perfecto. No, gracias.

Deberíais verme cada vez que proyecto mi día: salir de trabajar, hacer deporte, leer textos profundos y elevados con los que meditar y alejarme de mi propia miseria escalando la cuesta de la sabiduría. Publicar los textos más audaces, ser descubierto por un editor que me proponga escribir un libro que sea un éxito moderado de ventas, pero alabado por la sesuda crítica, y convertirme así en alguien con prestigio.

Sale mal.

El resultado suele ser que en cuanto abro la puerta de casa, una fuerza poderosa disfrazada de cansancio, me hace estar en el sofá leyendo tuits estúpidos; wasapeando con la tele de fondo mientras el día se va escurriendo por el desagüe sin avisar.

Y eso no es lo peor.

Luego hay que añadir que esas noches me meto en la cama sacudiendo la derrota mientras me convenzo que mañana será distinto; habrá un cambio y una fuerza interna me permitirá vencer el cansancio, engañar a mi propia miseria para cumplir con los propósitos. Es mi manera de huir hacia delante, pegarle una patada al fracaso para alejarla de mi portería y, así, ganar un poco de tiempo.

Mientras muchos formaríais una sociedad mejor, más limpia y buena, en la que ni las grúas saldrían del depósito porque ya nadie aparca donde no debe; yo bastante tengo con montar una buena defensa de cinco; esperando cazar un contraataque inesperado. Llegar al miércoles con la esperanza de no haber sufrido en exceso; y el viernes por la tarde usar las últimas fuerzas que queden para llevar el balón hasta el córner esperando el pitido final y rezar para que, con un poco de suerte, el empate me valga.

Y si los días no salen bien, dejar las pegatinas en la acera.

26 mar 2024

ACTORES SECUNDARIOS

Dicen que los "amigos es la familia que se elige". No se me ocurre peor aforismo, me provoca sudores fríos porque bien es sabido que tengo una más que demostrada falta de criterio para tomar decisiones; cada vez que la escucho, me asusto. Por suerte, con los años descubrí que en la sabiduría popular la mitad de lo que se dice no es verdad, y la otra mitad es mentira. 

Así que por ahí escapé.

Además, cuando uno elige, no está solo, descubre que los otros también toman sus decisiones y muchos de ellos tenían sus propios planes. Ocurre que la vida es injustísima y me he encontrado en el camino junto a algunas personas a los que no merezco. No me hubiese atrevido a elegirlos a ellos, y sin embargo ahí están, soportándome contra pronóstico.

Aunque me interrumpan mientras escribo.

Sucede también que la vida en ocasiones transita por carreteras angostas, curvas muy cerradas que obligan a reducir la marcha y en las que te das cuenta que quizá la amistad no se debe valorar en tiempo invertido, que el verdadero valor se mide en intención: no se trata de estar, va de querer, de intentarlo, de jugar a la pelota sabiendo que puedes perder, y de hecho, se pierde muchas veces. Vaya si se pierde. Hay quien prefiere guardarse la pelota en casa y no perder aun a costa de aburrirse.

Es un método subjetivo, pero es el mío.

Me gusta vivirlo así, porque cuando están, sabes todo lo que hay detrás y así, mientras el balón rueda estoy disfrutándolo en lo íntimo. No hay nada que tenga más utilidad, que el valor de lo inútil, y jo, la felicidad debe estar escondida en algunos de estos momentos. 

Quizá sea por eso que siempre hay alguien que saca un teléfono para hacer unas fotos. Detrás de este gesto creo ver las ganas no tanto de guardar un recuerdo, como de atrapar el momento. Aunque puede que no, puede ser que me esté poniendo demasiado poético y hay, simplemente, una dictadura de la foto. 

Sea lo que sea, me parece bien. Ojalá muchos más momentos, muchas fotos.

Hace poco, en uno de esos cada pequeños encuentros, mientras comíamos, alguien nos explicaba un vídeo divertidísimo que había visto en una red social. Tan gracioso era que tuvo que coger el teléfono para buscarlo y enseñarlo. Yo participaba en la escena sabiendo perfectamente de qué vídeo hablaba, ¿sabes por qué lo sabía? Porque el que se lo había enseñado la última vez que coincidimos, había sido yo. 

Por un momento estuve tentado de reivindicar el descubrimiento y recordarle que ese vídeo lo conocía por mi; pero reaccioné y me detuve a tiempo: ser lento tiene, en ocasiones, sus ventajas.

Pocas veces en la vida he tenido la suerte de haber rozado la perfección... y casi lo estropeo.

Desde hace muchos años, sé que el papel que mejor represento es el de actor secundario, nunca me sentí cómodo las pocas veces que me tocó ser protagonista. Así que, conseguir dejar el recuerdo justo como para que tiempo después una persona solo recuerde con una risa (incluso me conformo con menos) la anécdota pero no el narrador es, un pasito pequeño pero sólido hacia el éxito.

Dejar una huella pequeña, no una marca profunda.