"En su vida un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol" (Eduardo Galeano)
Llevo toda la semana pensando qué escribir sobre lo que va a pasar esta noche y cada vez que me pongo delante de la pantalla en blanco, me suben las pulsaciones. Y así lo vas dejando pasar, llega el día señalado y casi cuesta pensar a penas 2 palabras coherentes seguidas.
Tenía una idea en la cabeza sobre lo que quería escribir, pero dudo mucho que salga algo ni siquiera parecido. No hago más que escribir y borrar.
Muchas de las personas que me quieren me dicen de vez en cuando que le doy demasiada importancia a esto, que no es para tanto, y bueno, estoy convencido de que tienen razón, pero hay cosas que uno ni puede ni quiere controlar.
Voy a poner un ejemplo. Hace 2 años, creo que era por el mes de Abril, me acosté un sábado a eso de las 6 o las 7 de la mañana, me desperté alrededor de las 14 horas del Domingo y cogí el coche para ir a Alicante a ver un soporífero Hércules-Dépor. Al acabar el partido me llamó un amigo, me preguntó cómo habían quedado y cuando le dije que perdimos 1-0 se reía. En ese momento pensé que si hubiese sabido seguro que ganábamos no hubiera ido.
Lo reconozco: llevo toda la semana con el pulso alterado, esperando que lleguen las 21 horas de hoy, que empiece a rodar el maldito balón y aunque sea una sola vez acabe dentro de la portería rival. Y ya está. Sueño con un final feliz.
Ha sido "deportivistamente" hablando un año una temporada larguísima y durísima. En Febrero yo había perdido completamente la esperanza de estar hoy donde estamos. Solo me quedaba un resquicio: a veces cuando la lógica indica que solo puede pasar una cosa, pasa la contraria. Es una afirmación irracional, paradójica, pero sucede. De vez en cuando. Y Dios quiera que hoy sea una de ellas.
Voy a dar más argumentos a los críticos del fútbol: suelen decirnos a los futboleros cuando nos ven tan alterados por un partido: "¿qué más te da? Tu no ganas ni pierdes nada, son ellos". Quizá tengan razón, pero voy a confesarles algo: cuando gana tu equipo la alegría no es ni la mitad de intensa que la tristeza y la decepción que se siente cuando la que se te presenta al final del partido es la derrota.
Llevo un año complicadísimo, muy difícil en muchos sentidos, las alegrías cada vez son más escasas pero si hoy, la cosa acaba bien (no las tengo ni mucho menos todas conmigo) todas esas cosas seguirán sin duda estando ahí, pero pesaran menos. Mucho menos.
Y aunque le dedicaré seguro un post aparte, no quiero olvidarme, he de hacer mención a uno de los pocos ídolos que me quedan, que hoy se va y del que supongo que cuando sea mayor hablaré a todo aquél que tenga a bien escucharme: DON JUAN CARLOS VALERÓN. Gracias.
FORZA DEPOR!
