Hace unas semanas, mientras corría por el río en uno de esos rodajes que utilizo para despejarme, me crucé con una escena que no he logrado sacar de mi cabeza: una pareja corría: ella con la camiseta de entrenamiento del valencia cf; él, un paso por detrás, con la del Levante UD mientras lucía lo que para mí era una incomprensible sonrisa. Me alegro mucho por los dos, compartir esos momentos doy fe que no tienen comparación y, me doy cuenta de que poca gente, sabe y sabrá nunca lo que significa.
Siempre y cuando ignoremos el outfit, porque quizá esas personas me demostraron que son mejores que yo, que ni estaría (ni mucho menos sonreiría) en una situación así. En la vida hay que tener (unos pocos) principios.
Me aferro a esto de los principios porque es el único asidero al que aferrarme para no salir retratado en situaciones así.
Ojalá me leyera algún antropólogo que quisiera contarme que todo esto tiene una base evolutiva, que la capacidad para creernos los buenos es lo que nos ha permitido sobrevivir y avanzar como especie. Ya, con la ciencia de mi lado, podría con tranquilidad añadir que no es que me preocupe demasiado, que al fin y al cabo en la vida he aprendido que la mayoría de virtudes y defectos brotan del mismo lugar.
Pero mientras espero a que llegue la ciencia a salvarme de mí mismo, sigo usando mis principios como excusas o las excusas como principios. Porque quizá si se caen, descubriré que quizá la batalla de verdad sea lidiar con el hecho de que mis odios mas irracionales e injustificables salgan del mismo lugar del que sale el esfuerzo, la implicación y las fuerzas para luchar cuando no queda ya ni la esperanza del empate.
En ocasiones te ves frente al espejo y descubres que no eres tan bueno como te crees, que un gesto tan sencillo como una sonrisa inocente te da una lección que una clase magistral de varias horas no alcanzaría a enseñar. Porque, por suerte, la esencia de lo importante está al alcance de la vista de aquél que quiera mirar.
2 comentarios:
Excelente !
👏👏
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