20 oct 2025

GRAVEDAD DE LA TEORÍA

A veces recuerdo cuando era niño y pensaba que la vida tenía lógica y orden: levantarse por la mañana, desayunar, ir al cole, pasar lo más desapercibido posible en clase, jugar al fútbol en el recreo, llegar a casa, hacer los deberes, dormir y volver a empezar.

El camino estaba marcado. El problema es que nadie me avisó de que había tramos cuesta arriba, así que me desvié buscando un atajo que me permitiera llegar arriba sin subir mucho, y claro, me perdí. La vida habría sido más fácil si hubiese sabido dar algunos pasos a tiempo.

Pero no pude. 

Y en esas vías secundarias me encontré con un montón de carteles que ofrecían salidas falsas: prometían un destino, pero aparecías en otro distinto. Aprendí el noble arte de la excusa, que siempre es un terreno resbaladizo. Y fallé, mentí, traicioné y perdí. 

También gané, pero esas veces no hay que justificar nada.

Unas veces se gana, otras se pierde y, en el fondo, no cambia nada. El mundo sigue girando a la misma velocidad sin detenerse a explicarnos su sentido en caso de que lo hubiera.

Eso sí, yo solía tener una teoría para todo. Tuve una novia a la que le parecía muy divertido; cada vez que estábamos hablando de un tema controvertido encontraba el momento de decirme "seguro que tienes una teoría sobre esto". Y no solía fallar. 

Luego, para nuestra ruptura, también tuve varias teorías. Pero entonces ya no le interesaban ni le divertían tanto. Prefería sus excusas, que también fueron unas cuantas.

Descubrir que el mundo estaba lleno de excusas y justificaciones fue un consuelo (¿de tontos? de todos). Queremos encontrar la explicación, entender cuáles son nuestros errores, por qué y para qué caemos en ellos. Quizá porque aspiramos a tener el control de los hechos cuando muchas veces, simplemente los errores nos cometen a nosotros y nos cuesta aceptar que juntar la situación, la persona y el momento adecuado es una quimera que no suele darse. 

Al menos controlemos el relato.

Supongo que no tendríamos tantas excusas ni tantas teorías si dejáramos de tomarnos tan en serio a nosotros mismos. Si no las cargáramos con un peso que no será tan real, como si cada pensamiento tuviera que permanecer para siempre. No hay nada más sano que darse cuenta que aquello que pensabas era solo porque eres un poco más estúpido de lo que habías calculado y tener que cambiar.

Pero claro, qué miedo da asomarse al abismo de la incertidumbre.

Por eso, tengo guardada la maravillosa lista de excusas cuando pillan a un deportista dopado: un solomillo en mal estado, medicinas para alargar el pene o un complot de la CIA, entre otras.

Están al nivel de aquel entrenador que intento olvidar que lamentaba que el problema era que "habían empezado la temporada muy bien" y eso les había perjudicado.

Entre mis favoritas está la de aquella chica que después de querer retomar una relación y no llegar a un entendimiento, me contaron que la semana siguiente ya estaba con alguien. Ningún problema, pero fue curioso que la siguiente vez que volvimos a hablar, la conversación se inició con un "no me acuerdo lo que hablamos la última vez". 

Pudo más la admiración por el giro de guion con la amnesia como recurso que la sensación de decepción.

Al final, creo que todo va de justificar lo que hicimos o dejamos de hacer. De encontrar una versión de nosotros mismos que no duela demasiado. Las teorías, las opiniones, las excusas estratégicas, en el fondo sirven para mantenernos en pie un día más. Porque la otra opción, la de aceptar nuestras miserias y convivir con ellas y sus heridas, parece mucho más difícil.

Y, en el fondo, lo que buscamos es muy sencillo: que alguien nos quiera y nos acepte. Porque a veces es tan difícil soportarse a uno mismo, que solo buscas que lo hagan los demás.


7 oct 2025

EL LENGUAJE DEL FRACASO

Es muy habitual (y, como las cosas más divertidas de la vida, casi siempre lo son después de haber dolido) que, cuando estás en la grada viendo un partido y a un jugador de tu equipo le llega un balón en la frontal con algo de espacio, la gente grite: "¡¡Chuta, chuta!!". Hay veces que el futbolista se anima, le pega (mal) y se oye un generalizado "noooo". Incluso alguno de los que medio segundo antes pedía el disparo, se le escapa un "¿¿¿pero qué haces???"

No estoy diciendo que yo sea esa persona. Pero tampoco que no lo sea. Dejémoslo ahí.

Lo que sí me queda claro es que en el fútbol (y en la vida) siempre te vas a encontrar a quien tiene todas las respuestas y, sin problema ni rubor, va cambiándolas en función de las circunstancias. Nunca se equivoca. Capacidad de adaptación, lo llamará en una entrevista de trabajo.

A esas personas: un abrazo y gracias.

Cuando era pequeño quería ser mayor, como tantos que ahora lamentamos el error y bien a gusto volveríamos atrás. Pero yo no quería ser mayor, yo lo que quería era llegar a la edad en la que empezaría a entender algo. Allí donde se encuentran las respuestas. Sin embargo, lo único que he conseguido de momento es ir acumulando preguntas. 

Tanto es así que estoy en un momento en que las respuestas han dejado de interesarme, me aburren. Ya solo me interesan las preguntas. Encontrar las adecuadas, las que impulsan, desechar y corregir las incorrectas y seguir. Es la única manera que conozco de avanzar; transitar caminos que me lleven a otros caminos donde habrá más preguntas y, si alguna vez llego a una respuesta, la vida se las arregla para cambiar la pregunta y, ¿vuelta a empezar?

Pero yo creo que aunque parezca que sí, no vuelves a empezar. 

Porque aunque pases otra vez por la línea de salida, las piernas y el corazón ya llevan kilómetros que pesan como una mochila pero también te han dado fuerza y tienes más experiencia, más capacidad, para la siguiente vuelta, ya sea la segunda o la quinta.

A veces recuerdo goles como el de Goikoetxea a Alemania en USA 94, un centro al área que le sale tan mal que acaba en gol. Por eso me gusta la pregunta que suele hacer Javier Aznar en su podcast, ¿Qué fracaso acabó convirtiéndose en algo bueno? Supongo que todos tenemos, como mínimo, uno así. Yo tengo claro cuál es el mío, cuándo fue ese punto de inflexión en el que mi vida se cayó y, gracias a Dios, se abrieron caminos oscuros y tormentosos que poco a poco se fueron convirtiendo en bonitos paisajes.

Hace poco recorrí aquellos caminos y descubrí que no eran como recordaba, quizá no eran paisajes idílicos, pero la tormenta estaba en la mirada y no en el paisaje. 

Y es que el fracaso enseña, aunque con su propio lenguaje que a mí me llevó unos cuantos años entender. En el que, por torpeza, sigo profundizando.

Así que no tengo más remedio que aceptar que la clave no está tanto en las respuestas como en las preguntas, que ya hasta he perdido el miedo a equivocarme. Entendí que las preguntas erróneas son los cimientos sobre los que he construido otras mejores. Incluso alguna buena.

Mi compañera de vida más fiel es y será la incertidumbre. O al menos, eso creo.

4 oct 2025

CUANDO LAS DUDAS LLEGAN

Hace muchos años, alguien me dijo que los diplomas, los premios, las medallas y los reconocimientos hay que aceptarlos todos y guardarlos en un cajón. La vida es larga y esos momentos hay que aprender disfrutarlos, por pequeños que parezcan. 

Porque también llegan las épocas malas, difíciles. Quizá empieces a dudar de ti, a creer que no vales y que no lo vas a lograr. Cuando todo parece demasiado.

Entonces, abres ese cajón, los miras y recuerdas que un día pudiste. Y comprendes que esta vez, por muy negra que sea la tormenta, el sol volverá a brillar. 

¿Y por qué no volverlo a conseguir? Te debes intentarlo.

25 sept 2025

FUNCIONA PORQUE ESTÁ ROTO

Este verano, en Malasia, en mitad del fragor de una conversación de esas que ayudan a romper barreras, alguien intentaba explicarme que determinadas situaciones no las manejo bien y que hay formas más prácticas de vivir. Es posible, contesté, pero esta manera es la mía, me gusta y además me sirve para llevarme bien conmigo mismo.

Y yo no pido más.

Ahora que lo pienso, es posible que esta conversación no fuese en Malasia, pero nunca es mal momento para recordar la vida que tengo.

Hasta para presumir me hago lío. No tengo el mismo nivel que aquellos que siempre presumen de tener lo mejor: los mejores padres del mundo, ser del mejor país, tener la mejor familia, los mejores amigos o ser del mejor equipo del mundo. Debe ser una maravilla vivir en esa certeza y ver la vida más cerca del cielo que de la tierra. El problema es que desde ahí, es muy fácil todo. Cómo no vas a querer a la mejor familia del mundo, cómo no vas a estar implicado con ese mejor escenario posible.

Vivir siempre en el percentil 1, es moverse en un techo del que no se puede subir más. La amenaza de la caída como inseparable compañera. Incluso aunque consigas pasar una vida en la cima, nunca vas a poder librarte de la amenaza de que el siguiente paso te conduzca a la planta baja.

Solo pensarlo, me estreso.

A mí me pasa que hay veces que no aguanto a mis amigos, que a veces me fallan; que mi familia es muy rara y en ocasiones no sé ni por dónde cogerla; pero resulta que son los míos, y eso, al final compensa. 

No siempre. Y aunque eso lo haga más real, no nos flipemos.

Recuerdo siempre a Tolstoi que lo explicó todo con la frase "las familias felices se parecen entre sí; sin embargo las infelices lo son cada una a su manera". No solo lo entendió todo, también lo supo explicar cortita y al pie. Cada familia encuentra su manera de aguantarse, de quererse y de vivir con sus ho/errores. Incluso puede que pensara que gracias a esas miserias fuesen mejores familias. 

O aunque no sean mejores, son ellos y no otros.

Admiro mucho esa comprensión de la vida sin haber sufrido un solo descenso, o sin haber perdido un ascenso ni una liga por un penalti en el último minuto.

Yo a mis amigos los he visto equivocarse, caer en un agujero y ponerse a cavar mientras me explicaban que así iban a salir de ahí. Y esa ha sido la mejor lección de vida. Sin eso no hubiese comprendido que la base más sólida es aprender a quererse desde el error, con lo imperfecto. Con lo que es, y no con lo que deberían ser.

Quizá todo surja de curarse las heridas, besar las cicatrices y buscar ser mejor. Solo porque quieres serlo, no porque lo necesites, porque quieres. Así, hasta se llega a disfrutar el camino.

Con mi gente acabaré perdiendo los nervios y cuando eso pase no volveré a buscarlos.

16 sept 2025

ÍTACA EN EL ASCENSOR

A veces te das cuenta que no estás donde quieres estar, ni donde te gustaría estar, ni siquiera donde te dicen que merecías estar. Puede incluso que hasta te llegues a creer (con razón o sin ella) que mereces estar en otro sitio. Y, quizás, si las cosas hubieran sido diferentes, con un poco más de suerte o de pericia, ahí estarías.

Pero igual lo importante no sea donde estás, sino si estás en el camino y en la dirección correcta. Y seguir. Seguir cuando las fuerzas lo permiten. Descansar cuando no. Querer rendirte algunos días y aún así no retroceder: para que los días en los que las fuerzas reaparecen, avanzar aún más.

Llega un momento en que hasta empiezas a disfrutar del camino y aparece lo inesperado. Dando al destino más riqueza, más valor y menos importancia.

Cuidado, que cuando abres la puerta a esta mentalidad, sin previo aviso, surgen nuevos destinos, la posibilidad de vivir otras vidas que no preveías.

Sé que no estoy diciendo nada que no explicara Kavafis en su maravilloso poema Ítaca, que ha sido una de mis referencias vitales desde hace ya más de veinte años.

Estaba tentado a contar que escribo esto porque, después de un 2025 complicado, necesito recordármelo: no te rindas. Aunque muchos días sean cuesta arriba, salir a la vida con buena cara ha tenido un valor que conviene no subestimar. Lo que ayer fue una curva que casi hace abandonar, mañana será un motor que servirá de impulso.

O también podría contar que tras una temporada de problemas y lesiones, cada semana me noto un poco mejor entrenando y, aunque me veo justo para llegar al objetivo, la meta merece el esfuerzo.

Pero no es toda la realidad.

Cuento esto porque tengo un problema secreto y pequeño que lleva años incomodando mi vida de una manera completamente imperceptible para cualquiera que no sea yo. No tiene consecuencias, solo me afecta a mí, y es una chorrada mayúscula. Pero no consigo superarlo.

Y, como no voy a pagar un psicólogo para esto, lo cuento aquí.

La cuestión es que cuando subo a un ascensor sin ser muy consciente de lo que estoy haciendo ya sea porque tengo en la cabeza problemas, o en la mano el teléfono, pulso el botón del piso en el que estoy en lugar del que voy. Esos dos o tres segundos de desconcierto con el ascensor quieto, mientras sospecho que quizá esté estropeado, no son tan duros como los cuatro o cinco siguientes, en los que aprieto el botón correcto, negando con la cabeza y me cuestiono si hay cosas que nunca cambiarán.

Eso en el mejor de los casos. Porque hay ocasiones en las que intentando enmendar el error con rapidez (?) me confundo de nuevo y aprieto otro piso.

En esas ocasiones, no me lleva al destino, pero me muevo y me acerca. Algo es. 

Kavafis tenía razón: hasta el botón en un ascensor puede acercarte a Ítaca.

4 sept 2025

CON LOS FOCOS APAGADOS II

El otro día fui al cine solo, no es algo que haga de forma continua pero sí de vez en cuando. Hay ahí un placer íntimo, pequeño y pleno que me gusta experimentar en pequeñas dosis.

Quizá no hay placeres más plenos que los pequeños, y tan importante como vivirlos es saber dosificárselos para no acabar quedándote solo con ellos y rechazando todo lo demás. Es clave no abusar de ellos, ya que es la mejor forma de dejar de sentirlos: como esa canción que te gusta tanto, que de escucharla en bucle acaba dejando de darte aquello que te daba.


Y ya no vuelve.


Así que tocaba volver a disfrutar de una pequeña dosis de felicidad casi clandestina, cuando nos encontramos en la puerta del cine, ella esperando a sus amigos, yo podía haber dicho que esperaba a los míos, pero desde el principio supuse que íbamos a ver la misma película, así que, escondiendo la vergüenza que apareció sin ser invitada, expliqué que iba solo. Usé agosto como excusa, para decir que mis amigos estaban todos fuera. Una casi verdad que me sirvió de apoyo.


No sé por qué sigo teniendo que justificarme a veces. Sospecho que la explicación se la cuento a otros pero es a mí a quien trato de tranquilizar.


Aunque habíamos coincidido alguna vez después de lo nuestro, llevábamos años sin vernos. Nuestra historia fue corta, pero eso no evitó la tensión. Aprendí hace tiempo que las cicatrices no se forman por el paso del tiempo, sino por la profundidad de las heridas. Y aunque nunca nos lo hemos reconocido, las nuestras llegaron más allá de lo que alguien desde fuera podría entender.


Si es que estas heridas se pueden entender.


Recuerdo cuando pasar tiempo juntos nos hacía perder la noción del tiempo. Nos volvió a pasar, pero ya no era lo mismo.


Te vi muy segura, más que de costumbre, tranquila y feliz con la vida que llevas. Yo recordaba aquellas noches y días en los que todo era improbable pero posible.


Llegaban tus amigos y me despedí con ganas de ver la película y olvidar el tráiler que acababa de vivir. Al salir, nos despedimos con una sonrisa sincera.


Días después, aquel encuentro seguía en mi cabeza como un mosquito en la habitación cuando se apaga la luz. Así que usé cualquier excusa para escribirte por WhatsApp. Al principio contestó la misma que me había encontrado, una chica amable y feliz, pero pronto quedó claro que había sido un espejismo. Esa amabilidad estaba hueca, no querías confianza. Incluso decías haber olvidado lo que hablamos.


Está bien.


Lo entiendo. Me dijeron que respondías así porque tienes pareja. Puede ser que ahora toca defenderse. En todo caso, esas sendas por las que nos aventuramos ya no existen, ha crecido la maleza. Todo es demasiado frágil.


Me quedo con lo vivido, con la certeza de que fue importante pese a lo breve. Y con la convicción de que nuestro productor no tiene pensado rodar una secuela.


Esta historia no tendrá una segunda parte.


¿O acaso saben los protagonistas, mientras la viven, que es la segunda parte?


En el cine, en ocasiones, la ficción se mezcla con la realidad y acaba por no distinguirse lo que ocurrió con lo que el guionista imaginó.

1 sept 2025

CON LOS FOCOS APAGADOS I

Hace unos días fui al cine. Me gusta más de lo que demuestra mi frecuencia.

La cuestión es que allí estaba, en mi asiento, esperando a que se apagaran las luces y empezara la historia cuando me di cuenta que algunas películas habían empezado hacía tiempo: la de la pareja que aún se tocan nerviosos, la que ya convirtió el cine en rutina, el grupo de amigos jubilados que solo están ahí porque ya no les queda otra película por ver. Muchas historias que se cruzan durante dos horas para separarse y seguir sus propios guiones.

Cerca de mí se sentaron tres amigos más o menos de mi edad, dejando sitio a otros que venían más tarde. Justo cuando las luces empezaban a apagarse, llegaron sus amigas con la relajación y la felicidad de las noches de agosto. Una de ellas era una cara familiar. Sí, era ella: aquella chica que hace unos años fue una ilusión, una pequeña semilla de felicidad. 

Solo se quedó en eso, una ilusión que se desvaneció una noche de otoño con la misma naturalidad con la que caen las hojas de los árboles.

Al verla, mi primer impulso fue hundirme un poco en mi butaca y no apartar la mirada de la pantalla como si se estuviera proyectando el gol de Carlos en Burgos.


Me sirvió la publicidad, (esa que tanto detesto en la sala), para recordar aquellos meses: la primera cita, esa pequeña conexión de la que nunca hablamos, pero sentimos; las cenas, el teatro; y aquella noche sentados en tu coche me dijiste que lo nuestro no iba a tener más recorrido. Frenaste cuando parecía que empezábamos a coger velocidad.

No te había vuelto a ver desde aquella noche.

En ese momento, con los focos apagados me di cuenta que no solo era verdad lo que decían de ti: que tenías miedo al compromiso, que ya te habían hecho daño y que hay unas barreras que no ibas a bajar.

También fue verdad que no estuve a la altura. No porque cometiera errores, hice muchas cosas bien, pero tú no eres de las que se conforma con un empate fuera de casa. Lo importante no era no equivocarse, sino salir al ataque y demostrar que el riesgo merece la pena.

Por suerte empezó la película.

En la última escena, después de que la protagonista hubiera completado su trabajo, intenta coger un tren buscando continuar con su vida, siguiendo con su misión. Otro personaje la detiene. Ella insiste: "Déjame seguir, no es suficiente". Y él contesta: "¿No es suficiente o es que tienes miedo de parar?"

Se encendieron las luces con la frase resonando en mi cabeza. Di un pequeño rodeo para salir de allí. Hay veces que el valor es enfrentarse al vacío. 

Creo que no me viste. 

Después de todo, quizá no haber estado a la altura fue una suerte: tal vez tú eres ahora más feliz porque encontraste un lugar en el que quedarte; yo encontré un camino por el que transitar.

Quizá, la parte más importante de las historias ocurra con los focos apagados, en un lugar en el que el público no sabe que existe.

¿O tal vez no fue esto lo que pasó?